Las prostitutas desayunan bocadillos de tortilla

Avenida Alfonso X 'el Sabio' de Alicante/ Foto: La Verdad.

Avenida Alfonso X ‘el Sabio’ de Alicante/ Foto: La Verdad.

¿Qué hace ese imbécil leyendo a Kafka a las ocho y media de la mañana? ¿Qué hace deslizando con curiosidad y modorra el índice sobre la superficie todavía lustrosa de la barra del bar? Ese imbécil pasa páginas lentamente, sin mirar el reloj, seguro de que no llegará tarde a trabajar. Muy prevenido, se ha plantado en la parada de la línea 24 casi una hora antes de lo acostumbrado para evitar los contratiempos de la huelga de autobuses; pero no ha tardado, en sólo quince minutos el vehículo lo ha escupido en el centro de Alicante. El colectivo desconvocó la huelga ayer: ese imbécil soy yo. Pienso: “A quien se le diga que has estudiado Periodismo. Si te preguntan, sí sabías lo del acuerdo; si quieren comentarlo con profundidad, desvíate, di que no hablas porque te enciendes. Cualquier cosa menos admitir tu desinformación”.

Me inspecciono en el reflejo de la máquina de café, tampoco ha acumulado grasa. Mi cara es una broma cubista. Hay un goteo de gente que compra tabaco, de cuarentones que abren la puerta, se secan los pies en una caja de cartón distribuida a modo de felpudo, “un cortado, un solo largo”, mientras patalean; repostan sin retirarse la bufanda y se marchan. Todo muestra una mañana que transcurre. Los chipirones están sin rebozar, las patatas hervidas esperan no sé qué salsas; sin embargo, corre el aceite de oliva y el olor del pan tostado forma una marea en el ambiente: dan ganas de agradecérselo a alguien. Pero, claro, me percato de esto cuando ella ya ha entrado. “¡Buenas noches!”, gritando, azorando todas las rutinas. Y, por si no ha quedado claro, repite: “¡Buenas noches, Javi, no me oyes o qué!”, arrojándonos violentamente a un limbo insoportable, obligándonos a comprobar que es de día, rápido, para no quedarnos en cueros como las patatas.

Javi sí la oye, enseguida dice: “Hombre, mi amiga. ¿Qué va a ser?”. Ella se ríe como si la pregunta guardara algún chiste de esos que causan una risita nostálgica (en recuerdo de las caracajadas que detonaron un día). Entonces aprovecho y la miro de soslayo. Lo entiendo todo: ese pelo estropajoso recogido muchas veces durante la noche, cada vez con menos fuerza; esa sombra de ojos restregada cuya pintura mancha hasta la mitad de la mejilla; esa camiseta apretadísima y desajustada que deja ver el sujetador y un tatuaje de un torpe racimo de uva sobre el pecho izquierdo, un pecho que tiembla, fatigado, y no sugiere nada cercano al erotismo. También la falda vaquera y las piernas sin medias en invierno…

“Cinco bocadillos de tortilla, ¿no? ¿Qué? ¿Mucho frío esta noche?”, dice el camarero mientras traslada la orden a la cocina. “Que pela… Deseando meternos en un coche para no quedarnos como pajaritas”, vocea y, ahora sí, se carcajea de una manera rara: si no la oyera, pensaría que sufre un ataque de tos. Javi, mira a los parroquianos del otro extremo de la barra y cambia de tema: “¿Y ése del otro día es tu novio, amiga? ¿El que tiene el pelo como el de Fórmula Quinta? Vaya, vaya…”. Parece imposible, por algún motivo a ella se le ilumina la cara: “Que va, que va, eso quisiera él, adónde voy yo con ése”. El camarero insiste, que tenía un pelo muy chulo, burlándose. “Háztelo tú si te gusta”, contraataca ella al tiempo que le embarga una extraña felicidad. Quizás recuerda que las declaraciones de amor, cuando la vida era ingenua (y en un parque con motos), consistían en ridiculizar al contrincante, en ser más chulo. Quizás la palabra chulo la devuelve a la realidad y por eso se queda callada y seria. Es poco probable.

Lo inevitable es imaginar, mientras la veo salir del bar, la cantidad de amargura que arrastra ese cuerpo, los quilos de carne defraudada y sudorosa que ha tenido que soportar. Cuántos condenados han luchado contra su soledad en ese vientre. En ella caben todas las soledades del mundo. Condenados como el viejo que, ahora, habla de Messi y pide mistela; condenados como yo al borde de las nueve de la mañana. Mientras Joseph K. intenta humillar a un tribunal absurdo y adivinar de qué se le acusa, ella sale a la calle sin paraguas y con sus cinco bocadillos bajo el brazo.

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