¡A cagar a tu casa!, balada de Navidad

La ventisca zarandea la presunta armonía de los días navideños; cruza cada calle, grita en las esquinas, patea bolardos, destapa los contenedores y arroja a las aceras las tripas del consumismo. Bolsas del Corte Inglés, Kiabi, Juguetilandia, papel de regalo, cartones coloridos retorciéndose en el suelo; toda su magia desaparece a la altura de las hojas ocres y la polvareda. El viento con su manía anti-sistema. Los toldos golpean las ventanas, llaman la atención o pugnan por entrar donde los polvorones y el árbol con peana.

Aviso a los vecinos con perro del barrio Tómbola/ Foto: Esteban Ordóñez

Aviso a los vecinos con perro del barrio Tómbola/ Foto: Esteban Ordóñez

Pero un par de días después, la ciudad se despierta con unos nubarrones débiles, venidos a menos, que el sol mancilla aquí y allá. Surgen unas sonrisas en el cielo de Alicante como las que brotan en un rostro convaleciente, ojeroso, tras una larga operación con anestesia local. Casi parecen una limosna los cuerpos que caminan por el barrio Tómbola. Y uno se pone solidario, porque es Navidad. Me encasqueto unos vaqueros y salgo a la calle.

En un parque cercano a la zona vieja del barrio, me sumo a la protesta del viento y remuevo con el pie un par de cajas que se ha atascado en la pata de un banco. No reconozco las marcas: el logotipo es granate y se repite un dibujo de una niña pálida, sin boca. Los libero. Apenas avanzan. Están heridos… Es ahí, al levantar la cabeza, cuando encuentro esta pancarta. Después de reírme y sondear a mi alrededor (inexplicablemente nos sentimos culpables cuando nos reímos solos en público), esas palabras revelan su profundidad.

LOS PERROS “A CAGAR” A LA PUERTA DE ¡TÚ CASA! Un alejandrino destemplado, sin cesura, un intento de contundencia frustrado por los espasmos de una rabia ajena, nacida en otras regiones de la vida, que ve en los zurullos una materia oficialmente hedionda donde desahogarse. Otras cosas huelen a escondidas. (Un pequeño remolino en el cruce revive algunos envoltorios).

El autor recortó un panel a la medida exacta de la valla y lo agarró con bridas. Un afán de venganza pesa en la frase. No prohíbe los perros, no insta a que defequen en sus puficanes; exige que lo hagan en la puerta de sus casas, que las heces maceren en los rellanos, que sufran los dueños como ha sufrido él. Es fácil imaginarlo en el instante de crear ese monumento literario. Pensaría, agitando el spray, la bolita clac-clac-clac, un redoble previo a la ejecución: “En mayúsculas mejor, que se enteren”. Meditaría si usar la palabra cagar, quizás era demasiado malsonante, pero la situación lo merecía, claro que sí: “Además entre comillas, así parece que esté temblando como las plastas que me dejan. Y lo más importante, que lo hagan en su casa, con exclamaciones”. Sin embargo, el autor miraría el cartel algo disgustado, notaría que no expresaba con rigor la injusticia de la que era víctima. Entonces  se iluminaría: “Una tilde, claro, se utilizan para dar fuerza a las palabras”. Se alejaría de nuevo para verlo en perspectiva, contemplaría ese palito desproporcionado sobre la ‘u’, un poco desencajado, apreciaría su parecido con un dedo que, además, señalaba hacia fuera de sus pertenencias… Y quiero creer que en ese momento, delante de su obra y de su lucha, aquel hombre sonrió.

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2 Respuestas a “¡A cagar a tu casa!, balada de Navidad

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