Entrevista a Harry Haller: “Acaso soy un inmortal, acaso mi risa alumbra a los sabios torturados”

La luz de febrero entraba apenas en el estudio. Luz naranja de las cinco de la tarde que se escurría entre torres de libros y materiales esparcidos que pronto construirían otras torres; que se esforzaba entre estatuillas semienterradas y se proyectaba a navajazos en la pared del fondo. Allí, entre esa arquitectura artrítica hecha de sombras, se recortaba también una figura calva y apocada, y muda. El señor Haller no decía nada. Se mantuvo en la oscuridad y me ignoró durante un rato. Ahora comenzaba a ver los inconvenientes. Quizás funcionábamos a ritmos distintos. Motivos no faltaban. Para empezar, él llevaba ¿cuántos? ¿30 o 40 años muerto?
Ya me había advertido Enrique, mi contacto, de que había sudado hasta por las uñas para concertar la cita: “Imposible, le preguntas y se queda callado o te suelta discursos que no tienen nada que ver”. “Ya veré cómo lo gestiono”, le decía, “tengo un blog que apenas lee nadie, ¿tú sabes el impulso que me dará publicar una entrevista con una figura literaria de la talla de Harry Haller?”. Finalmente, consiguió hablar con su representante y cerró el acuerdo con una condición: no convenía recordarle al maestro su propia muerte; y sobre todo me prohibían taxativamente aludir de cualquier forma a que, en realidad, no era más que el personaje de una novela, el lobo estepario de Hermann Hesse.

Pregunta: Como le decía, tengo gran interés en su obra… Me gustaría hablar sobre la actualidad de la que todavía pueden presumir sus reflexiones.
Respuesta:
P: Esta iluminación parece muy propicia para meditar, para ordenar los pensamientos ¿verdad?

Ahí estaba yo, tartamudeando, temblando delante de un ser hipersensible que podía demolerme moralmente si soltaba cualquier palabra desajustada. En un acceso de despecho, dudé de si realmente no tenía delante al personaje egoísta de El atrancado, de José Bergamín, que levantaba una barricada a su alrededor para defenderse del mundo y acababa pereciendo emparedado tras sus propias pertenencias.
Sonó el chasqueo de la cadenilla de una lámpara. La cara de Haller, una carne indecisa que parecía esculpida sobre polvo, brotó mucho más cerca de lo que esperaba. La estancia era pequeña o, a juzgar por la mirada de Harry, nosotros ocupábamos demasiado espacio.

R: Exacto, está muy bien. Verdad es, sin embargo, que mantener tanta oscuridad dificultaría nuestra conversación. Disculpe mi tardanza, pero las pupilas de este viejo lobo necesitan transiciones de luz amables—sonreía, primero con gran esfuerzo como si acarreara una piel de plomo, me asustaba su mueca sin contenido, pero luego la sonrisa se aposentó en su cara y se articuló con cierto desahogo, pese a que la nube de sus ojos gravitaba sobre ella y le añadía profundidad y huesos.
P: Bueno, al final de sus Anotaciones parece que acepta las mil variables del hombre, las mil caras de la existencia. ¿Olvidó usted la lucha entre el lobo estepario y el hombre?
R: Aprendí, como me dijo Mozart, a tomar en serio lo que es digno de ser tomado en serio y a reírme de lo demás. Oh, sabrá, si ha leído mi libro, cómo vivía el pobre animal que yo era. Cuando era lobo, el hombre en mi interior estaba siempre en acecho, observando, enjuiciando y criticando, y en las épocas en que era hombre el lobo hacía otro tanto. Estaba en lo cierto Mozart, el inmortal, cuando decía que había convertido mi vida en una horrorosa historia clínica.
P: ¿Cómo era aquella vida anterior a la revelación? Supongo que aún la recordara a pesar de… bueno, a pesar de los años.
R: Verá, días como hoy, agradables y tranquilos, no habría podido soportarlos. Cuando había estado una temporada sin placer y sin dolor y había respirado la tibia soportabilidad de los llamados días buenos, entonces mi alma se llenaba de un sentimiento doloroso y mísero. El tiempo era limpio para meditar, sin agitación, sin miedos; sin embargo, yo prefería el dolor quemante y franco. Odiaba esa autosatisfacción, esa preeminencia de lo corriente, esa confortable temperatura de estufa en el espíritu.

La charla empezaba a rodar, el señor Haller parecía cómodo. Tal vez motivado por un instinto docente, sostenía un lápiz y, mientras hablaba, deslizaba la punta por la palma de la mano izquierda o se rayaba la manga de la camisa ¿Por qué haría eso? De cualquier modo, bajo sus gestos vibraba una avidez censurada pero viva, incontenible,  que inclinaba al maestro hacia mí de una manera tan infantil que daban ganas de acariciarle la nuca.

P: ¿Y dentro de ese odio se escondía el rugido del lobo estepario?
R: Claro, amigo… Pero cuando dominaba el lobo con su impulso sanguíneo hacia la noche y el libertinaje, sucedía lo contrario. Ahí amaba lo burgués. En esos momentos, por ejemplo, de súbito sentía mi piel pegajosa; un rodal en mi cabeza pelada, la marca del sombrero; mi ropa olía a tabaco, yo olía a tabaco y a vino de jarra… Era mágico entonces sentarme en las escaleras del edificio donde me hospedaba, acomodarme frente a la puerta del apartamento de una viuda aplicada y pulcra. Enjuagaba mi existencia en la visión de ese vestíbulo y sus plantas lavadas. El lobo se retorcía mientras imaginaba, feliz, el mundo que existía en el interior de esa casa: un paraíso de pulcritud, de estabilidad y paz. En cambio, horas después de esos pensamientos me ensuciaba de nuevo, me odiaba, me culpaba…
P: (Quise aprovechar el buen clima de la conversación y lancé el órdago) Tengo que preguntárselo ¿cómo ocurrió al final? ¿cómo murió? ¿tuvo un accidente con la maquinilla de afeitar y se seccionó el cuello como su apreciado Adalbert Stifter?

Se lo pensó mucho y sufrió un par de contracciones en los pómulos. Mala señal.

R : Acaso soy un inmortal, acaso mi risa es estridente y grotesca y alumbra a los sabios torturados.
P: De eso no hay duda, pero me refiero a los hechos, a cómo falleció en realidad.
R: Jovencito, dígame, recuerda usted cómo nació.

Captó mi insatisfacción, mi hambre de morbo insatisfecha. Intenté disimularlo, por Dios que lo intenté, traté de mostrar un interés puramente filosófico, de esquivar las exigencias del gráfico de barras de wordpress… Fue tarde. Haller suspiró y en la exhalación desapareció el niño entusiasta. Brotó sin remedio el viejo irascible, ascendió desde el cuello y le afiló los pómulos y le secó la piel. Aceleró también el movimiento del lápiz sobre su camisa. Entonces me dirigió su mirada triste, ésa de la que se dijo que contenía una desesperanza callada e irremediable, convertida en hábito.

P: ¿Piensa que la verdad de los grandes maestros, los que permanecen grabados en la cultura, está condenada a desaparecer ante la caprichosa reconstrucción que los admiradores hacen de ellos? Eso ocurría en el cuadro de Goethe que colgaba en casa de aquel joven profesor amigo suyo.
R:

Silencio otra vez. Haller dejó la boca entreabierta, apenas divisaba sus dientes; su lengua dominaba la imagen, un músculo ancho y estropajoso que colmaba el fondo entero de su boca y respiraba con vida propia, lleno de cansancio y agitación, apunto de algo decisivo.

Hermann Hesse, autor de 'El último verano de Klingsor

El ganador del Premio Nobel Hermann Hesse creó al entrevistado Harry Haller, protagonista de ‘El lobo estepario’

R: ¿Se puede saber qué es eso? —señaló la mesa y miró el aparato negro, minúsculo, escrutó el parpadeo de la luz roja.
P: Una grabadora de voz, maestro, para no perder detalle de la entrevista y no tergiversar sus palabras.
R: Por seguro que usted no ha leído mi obra. ¿Está burlándose de mí? —gritaba, sudaba—. Viene usted aquí, un joven inexperto, indigno, y trata de robarme las palabras. Además, es de suponer que después pretenderá reproducirlo todo en un aparato de radio. ¿Acaso no sabe lo que opino de ellos? No quiero que mi voz se contamine al filtrarse por su endiablado embudo de latón, no quiero formar parte de esa mezcla de mucosa bronquial y de goma masticada. ¿A eso llama usted no tergiversar las palabras?
P: Discúlpeme señor—yo también sudaba—, no era mi intención, yo simplemente quería… Bueno ¿qué ha pasado con ese nuevo Harry que se ríe de lo que no hay que tomarse en serio? — pretendía reducirlo a sus propios argumentos.
R: Todo podría ser realizado lo mismo por máquinas o dejar de realizarse. Y esta mecánica ininterrumpida es lo que impide ejercer crítica sobre la propia vida, reconocer y sentir su estupidez y ligereza—estaba fuera de sí, movía el lápiz con una violencia extrema, se rajó la tela de la camisa pero no se detuvo, ahora rasgaba su piel, el dolor no lo detenía, al revés, inflamaba los tendones de la mano ejecutante, lo enfurecía—. ¡El suicida siente su yo como un germen especialmente peligroso, incierto y comprometido… está dispuesto a eliminarse y entregarse, a extinguirse y volver al principio!

En mitad de aquella perorata, me acució un presentimiento: agarré mi ejemplar de El lobo estepario, una edición blanda que había comprado por dos euros en la librería Dante. Las páginas se escurrían entre mis dedos, no lograba encontrarlo, encontrar qué, no lo sabía, removía hojas, retrocedía. Hasta que, por fin, en la página 91, marcado por mí: “Me preguntaron multitud de cosas, a las cuales no se podía dar una respuesta sincera; pronto me hallé envuelto en una porción de verdaderos embustes y a cada palabra tenía que luchar con una sensación de asco”. Lo extraordinario no fue oír estas palabras premonitorias, sino que mientras yo repasaba en silencio la frase, aquel, el muerto de Harry Haller, recitaba exactamente lo mismo. Ojeé el resto del libro. Efectivamente, todas las frases que el maestro expulsaba ahora habían sido previamente subrayadas por mí; todas hablaban de muerte, de depresión, de aislamiento, de suicidio; trazaban el mapa de mi propia condena.
Salté de la silla y me lancé sobre él. Me esforcé en detener sus manos, más por instinto de supervivencia que por evitar el daño que podía infligirse. Resultaba imposible, no me miraba, “hay naturalezas que a la menor indisposición propenden a la fiebre”, continuaba. Mis empeños no surtían efecto y seguía arañándose la piel con la punta de grafito. Comprendí que en el fondo existíamos en planos diferentes, así que recogí la grabadora, mi portafolios y salí corriendo de aquella casa. Corrí como loco, corrí golpeando gentes y farolas con los hombros.

Al fin me detuve, me apoyé en una papelera para calmar el resuello y miré atrás. Los edificios del barrio de Carolinas se amontonaban y estrechaban entre sí sus colores desconchados. Sólo entonces se me ocurrió: ¿cómo podía ser que ese viejo sabio europeo tuviera un estudio en un barrio alicantino? ¿desde cuándo hablaba castellano? Saqué el móvil y revisé la agenda. Efectivamente, no había ningún Enrique, nadie que pudiera haber concertado esa entrevista. Al borde del pánico, miré al cielo, más allá del bosque de antenas de televisión que tiembla en los techos de Carolinas, miré al cielo como siempre que pensamos que existimos porque alguien se está burlando de nosotros, escribiendo nuestros pasos.

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