El flamenco tiene una pena, elegía a Paco de Lucía

Paco de Lucía

Un joven Paco de Lucía templa la guitarra antes de un concierto.

El flamenco tiene una pena, y no me refiero a la muerte del maestro. Lo que quiero decir es que el flamenco es una pena y cuando rasguea sobre el amor naciente y cuando se canta bajo el sol de los olivos y cuando es alegre es una pena. Quiero decir, a ver si me explico, que el flamenco es un tajo en la tierra adonde vamos los tristes, un boquete que se ilumina y nos pone perdidos de agua y trémolos de junco.

Y nadie, ahora sí me refiero a Paco de Lucía, culpable hoy de todos los huérfanos del mundo… Y nadie como él, digo, ha llenado tanto el alma de los hombres, nadie puso tan de acuerdo a los pájaros con la alboreá, nadie anudó mejor las manos de la luna y las bamberas.

Aún recuerdo cuando Paco, el bordón, vino a la Plaza de Toros de Alicante. Aún lo recuerdo corriendo por una parte de las gradas que no estaba habilitada para el público, un poquito agachado para no ser visto, vistiendo una especie de pantalón de gasa o kimono blanco o qué sé yo… Recuerdo que algunos asistentes, unos pocos, pudieron llamarlo y él se acercó a verlos. Yo no pude tocarlo ni suplicarle que compartiera algo de su milagro con la guitarra torpe de mi casa. Luego… cuántas orejas cortaría, cuántas caerían al ruedo perplejas y felices aquella noche de verano.

No sé si hoy el maestro estará en la gloria. Quiero decir… yo no creo en esas cosas.
Pero hay que creer en la música, ¡en eso sí! Por eso veo a Paco, el chiquito de Algeciras, entrando en el tablao de Frascuelo -a mano derecha según se va al cielo-. Va tranquilo y examina el bullicio del local, el humo de tabaco, los gritos, las copas.

—Hombree, Paquito, ¿es que no vas a decirme ná?

Mira contrariado al gitano que se acerca con tupé y pantalones de campana. No se abrazan. Saben lo que tienen que hacer. Avanzan, abren hueco entre la gente, suben la tarima. Paco agarra una guitarra que brota de la nada.

—Vamos a empezar un poquito por alegrías y luego nos pedís lo que queráis—anuncia el gitano.

Y el maestro inclina la boca y toca. Desgrana alzapúas tiernos, picados perfectos. Sonríe a medias como cuando era la vida, con esa paz amparada en la seguridad de que la emoción vocaliza sólo a la altura del nailon -y que sea en él lo que ha de ser-. Una seguridad y una calma que, de pronto, ampara a todos los presentes. Entre el público el silencio estalla como un estornudo y Antonio, su padre, mece un vasito de Rioja, y Caracol resopla olores a zambra, y Morente ríe que hace daño, y Sabicas sorprende con su expresión de orgullo mientras el Niño Ricardo le masajea el hombro, comprendiéndolo, y Félix Grande abre un cuaderno muy reciente.

En el escenario, antes de arrancarse un quejío del ventrículo, Camarón mira a su compañero y se le llenan los ojos de lágrimas: “Vamos, Paco, hermano, que tocas mejor que tos”.

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