España a la funerala

Barbilla clavada en el techo, hombros de una pieza, espalda rígida, ojos tensados. Qué mejor para velar un cuerpo fallecido que imitar la congelación de los cadáveres, acaso es una táctica militar para vigilar el tránsito hacia el cielo desde dentro.

Velatorio de Adolfo Suárez

La guardia rinde custodia el féretro de Adolfo Suárez

Estos protocolos añaden prestancia al luto nacional. ¡La pena, nadie puede no sentirla!, la pena entra en cada casa y se instala entre sus habitantes como un decreto dulce que ablanda el corazón. El país está conmocionado, eso se escribe, y la gente desde sus salones dice es verdad o se van los buenos o qué lastimica, y algunos harán hasta el amago de llorar con las músicas de fondo de la radio.

Las fotografías sí, las fotografías escogen los instantes más hondos de la pleitesía; sin embargo, las emisiones televisivas en directo arruinan la solemnidad de la capilla ardiente. En una de las conexiones de TVE, uno de los guardias que rodean el féretro de Adolfo Suárez rompió el embrujo. Es cierto, los políticos llevaban rato arrimándose a corrillos, tocándose, alguno incluso dejaba que sus carnes temblaran un poco con pequeñas carcajadas… No obstante, para los televidentes la dignidad de éstos ni está ni se le espera: la verdadera carga mágica la mantenían a raya las figuras hieráticas y uniformadas.

Pero sucedió: uno de esos rostros movió los ojos. No los elevó -como en una alabanza-, tampoco los hundió -como en un lamento-; al contrario, los desorbitó hacia un lado, hacia el otro y, rápidamente, como un niño que copia en un examen, los devolvió a su sitio. El daño estaba hecho. Quería coscarse de los tejemanejes que se traían las personas importantes que lo rodeaban. Abandonó a su cuerpo en la tarea de meditar los recuerdos de un hombre, un símbolo. Qué ridículo, qué daño a la Democracia. Hasta ahora la gente pensaba que  el orgullo y el agradecimiento de la Patria eran tan grandes que no cabían en un cuerpo, y por eso la rigidez, vaya, por eso se estiraban los militares hasta oír ‘clac’ en las junturas.

Por suerte fue poco tiempo y los hay que prefieren no reparar en ciertas realidades. España suspira por los funerales oficiales y gime de alegría, y se pinta la piel con ceras, si aciertan las patadas de la Roja. Unamuno levanta una ceja irónica en su tumba.

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