Te despertarás a gritos

Avenida Federico Soto de Alicante

La Avenida Federico Soto muestra el crecimiento de la pobreza en Alicante

Todo alicantino conoce a esa mujer. Recorre las calles del centro, sobre todo los aledaños del Riscal: Gadea, Maisonnave, Alfonso el Sabio, la antigua estación de autobuses. Todos la habéis visto. Carga una melena incierta, del color y la textura de la paja, sugiere también un sabor de granero viejo sometido a las inclemencias del clima, a los vapores del estiércol. A todos nos ha asustado alguna vez.

Es fiel a su modus operandi. Uno está, por ejemplo, conversando con su grupo de amigos y no se percata de que se aproxima. Camina rápido, llena de contundencia, los brazos sueltos, largando latigazos al aire: asusta a las palomas. Uno sigue hablando, riendo, besando. Y la señora aprieta el ceño y caza la última palabra dicha -ya sea trabajo, escoba, osito-. Agarra esa palabra, sin pensar, se acerca, pega su boca violentamente a tu oído, casi lo roza: “¡Trabajo tu puta madre!”, se desgañita, “¡escoba tu puta madre-asqueroso!”, “¡osito tanta mierda, osito, osito zorra ya!”.

Las primeras veces el susto es descomunal. Sin embargo, un mediodía descubrí su cometido secreto. Unas empleadas del Corte Inglés fumaban y cerraban bien sus americanas, ajustaban sus bufandas, volvían a las americanas. Alejadas de la entrada del comercio, muy animadas, comentaban cosas sobre sus maridos cuando de repente retumbó en toda la avenida: “¡Habitación qué, quééééé… TU PUTA MADRE!”. No se detuvo, nunca se detiene, siguió caminando hasta que su voz se extinguió. Las dependientas, petrificadas, mudas, ya no tenían frío, ya no apretaban prendas. Una de ellas quedó paralizada con el cigarro camino de la boca, el brazo en vilo, los labios entreabiertos. Todas las arrugas -la vejez disimulada con tanto jugueteo y maquillaje- se marcaron en su piel, aquellos surcos de expresión sin expresión debajo daban la imagen del pánico. Ahí supe el papel que desempeña la señora. Esa demente nos agarra de la pechera para arrancarnos de la rutina; nos expulsa, nos echa en medio de nuestra propia existencia y nos enseña que la vida, tomada a conciencia, no discurre tan suave.

Mirando cómo se aleja, sorprendidos, buscando alrededor alguien que nos salve, que secunde nuestra perplejidad; así nos damos cuenta de que Alicante tiene baldosas con chicle, palmeras y que, incluso, todavía huele un poquito a Mediterráneo.

En otra ocasión, atravesó Alfonso el Sabio desnuda de cintura para arriba. Sus pechos grises y torcidos impusieron el silencio entre las paradas de autobús, los anuncios con modelos y el aroma siempre asomado de la perfumería Azorín. Aquella tarde no gritó a nadie.

La vi por última vez hace unos días, a eso de las nueve de la mañana, borracha en la avenida Federico Soto. Entre Ibercaja y Caja Duero, entre el hombre que viene de Jaén y mendiga trabajo y el que lleva más de 2.000 km de viaje en bici y tiene hambre… Estaba en pie y bailaba. Había encontrado un compañero que la observaba desde el suelo y la animaba. Ponían caras de estruendo, de música de fondo, salivaban, gesticulaban muy fuerte pero sin emitir un ruido. La gente contemplaba de reojo y se mofaba… Qué paz, la miseria en su rinconcito, sin levantar la cabeza hacia nuestros ojos, sin recordarnos la parte que nos toca. Como debe ser. Qué paz.

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