La vida es una forma de fútbol

Portada del diario ‘As’ después de la eliminación del Barça ante el Atlético Madrid

El joven se vuelve a levantar, los transeúntes escudriñan, algunos caminan más lento, ninguno se detiene. “¡Venga, listo, dilo si tienes huevos!… A mí no me pica, ¿eh?”. Alza la silla de aluminio por el respaldo, hincha los tendones de los brazos afeitados, relucientes como mesas vacías, y la empuja de nuevo contra el suelo, la clava -o cree clavarla- y le vibran los bíceps, excitados: “Sí, tan inteligente, tan listillo: un mierda, ¿eh?, así te lo resumo ¡Vengaa!, ven aquí”.

 

Media hora antes
Desde que las ventiscas se relajan y huyen de Alicante, el verano comienza a instalarse: prepara sus útiles, cambia el color de las cortinas, dispone pájaros propios y aniquila el aire rezagado que aún vagabundea por las calles más estrechas de Santa Cruz. Efectivamente, una línea de vencejos se afila hacia la mole del edificio La Colmena; allí se enjambran sobre el naranja del atardecer. Al menos eso alcanzo a percibir desde esta terraza de la Avenida Doctor Rico. Colea un olor a pollo asado y a relleno de calamares del mediodía. 

“¡Hombree! Rubén, Rubenico. Ché, cómo me alegro de verte hoy”, un joven se acerca a una mesa donde dos chicos y una chica beben tercios y arroja, sin trámites, un ejemplar del diario As: “Coraje y corazón, ¿qué te parece?, tu Barça para casita y contra el Atlético“. Viene embuchado en licra y espera una respuesta.

-Buenas (no oigo bien el nombre) ¿cómo andas, Alejandro (por ejemplo)?- el aludido ofrece su mano rechoncha, lo saluda.

Por otro lado, también brotan bajo el calor señores de  boina floja y camisa abierta hasta el esternón que dialogan sobre el tiempo con propiedad, aportando ciencia. Si uno se concentra puede sentir cómo el serrín del cebo y luego un aleteo de sargos y de  mabres aliñados con limón tintinan en la puertecilla de su boca.

Alejandro se ha sentado, parece haber roto una conversación íntima, sin embargo, se acoda en la mesa, quiere asegurarse de que lo escuchan. “Tanto guásap con que vaya merengue de juego, con que nos clasificábamos dando pena, tanto vídeo, tanto chistecito de los tuyos… ¿Ahora qué?”, ríe, los otros chavales esbozan una mueca de cortesía que él, a pesar de la evidente falsedad, toma como apoyo.

       -La verdad es que es una pena quedar fuera -reconoce Rubén-, y tengo que darte la enhorabuena. Hay que reconocer cuando se pierde.
-Ya, ya, te da igual, ¿no? -aparta el botellín para acercarle mejor el periódico-. Te la suda, ¿no?… Mira, te extrañará, pero no estoy de acuerdo con la portada del As. Yo no diría “Coraje y corazón”, sino -medita… medita otra vez- vergüenza y palizón- se arrellana en la silla y se carcajea, toca el hombro de la chica desconocida para implicarla en su triunfo; los clientes empiezan a mirarlo.
– Hombre, palizón tampoco -aclara Rubén.
– ¡Palizón sí! -grita.
– Pues nada chico, palizón, qué se le va a hacer -mira a la chica, a él sí le sigue la gracia; luego arrastra el As hacia Alejandro y éste, rápidamente, le aparta la mano y lo devuelve al sitio.
– ¡Qué asco de gente! Siempre hacéis lo mismo, no sabéis perder. Sí, sí, no me pongas esa cara, ¿qué vas de interesante?, ¿de tío guay? Te tendría que fichar el Barça, con lo gordo que te has puesto no entraría ni medio balón en la portería -pasa la mano por su pelo, asegurándolo en su lugar, y enseguida entrelaza los dedos.
– Tío, es un partido nada más -media uno de los amigos-. Hay cosas más importantes.
– Claaaro -toma las palabras del joven pero lo ignora, sigue dirigiéndose a Rubén-. Tu carrerita, ¿no? -aprieta los dientes, se reprime- tanto librito, tanta buena nota, tanto vacilar con el Trivial… ¿Para qué te sirve? No tienes un puto trabajo, sigues en casa de tu madre. Rídículo -menea la cabeza, aleccionando, victorioso-, qué reventado.
– Mira, Álex, me voy a callar…-herido, algo asustado.
– ¡Venga, listo, dilo si tienes huevos!… A mí no me pica, ¿eh?

Alza la silla de aluminio por el respaldo, hincha los tendones de los brazos afeitados, relucientes como mesas vacías, y la empuja de nuevo contra el suelo, la clava -o cree clavarla- y le vibran los bíceps, contentos: “Sí, tan inteligente, tan listillo: un mierda, ¿eh?, así te lo resumo ¡Vengaa!, ven aquí y hazme la contra. ¡Vaaa!”, finge una embestida. Rubén da un respingo y se agazapa detrás de sus propias manos.
Entonces Alejandro se relaja y vuelve a tocar el hombro de la chica, la mira, altanero, rehecho: “Vaya amiguito blando tienes, guapa”. Ella lo observa con temor, lo ve alejarse, sin decir nada, detenerse otra vez, girarse, guiñarle un ojo. Pasa por delante de mí, “acojonao”, murmura.

Como digo, el verano conspira en Alicante.

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