Un perro llamado Gucci

Ilustración_perro_burgués

A lo largo de la historia los perros han sido víctimas del princesismo/ Foto: Postaletrice

Ella es la princesa de Alicante. Mírala. Ella prefiere ser princesa y no reina, sí, sí, porque la princesa es aspirante todavía, recibe los  mimos preparatorios, flota sobre adulaciones y buenos augurios, y mariposea y se sabe pretendida. Se prefiere princesa, sí, sí. Sus tacones acharolados, rosa pastel, espejean en el semáforo de la esquina previa a la Diputación Provincial: clac, clac, entre cada pisada hay una premeditada amortiguación de rótula. Apoltronados sobre el respaldo de un banco dos adolescentes la siguen con los ojos, se miran luego y festejan sus hormonas haciendo como que van detrás, pero no van.

La veo desde la entrada de la Diputación, clac, clac, permanezco en uno de los bancos larguísimos que intentan justificar la anchura de la acera. Ella se aproxima. El sol estalla detrás, deslumbra y ennegrece la Estación. Es domingo y no hay tráfico: si uno se esfuerza, puede captar el xilófono de los avisos de los trenes.

El sol brilla a su espalda y enciende su camiseta de gasa a juego con los zapatos o arranca luces a las pandoras de su muñeca. A su lado, con mucho alboroto de patitas, va un chihuahua. El animal la persigue, de vez en cuando la mira, quizás la interroga sobre por qué a finales de abril debe vestir una especie de chal (rosa, a conjunto, por supuesto).  Sin embargo, ella, uy-uy, la princesa continúa y se desliza con tal precisión que quedaría perfecta, casual, en cualquier fotografía imprevista que le tomaran, sí, sí, quién sabe. Un bolso cuadrado, de piel, le cuelga a la altura del codo y la obliga a mostrar una mano caída, ingrávida, delicada (si ahora hablara lo haría con el estertor de los anuncios de perfume). Se detiene cerca de mí. La observo. Lo sabe, claro. Saca de su bolso un smart-phone tamaño A-4. Escruta la pantalla, la toca y sonríe, atolondrándose, alguien no tiene remedio, ains, qué pavito. En ese instante, cruza un señor paseando a un mastín. El chihuahua observa su cabeceo indiferente y se encoje. Le empiezan a tiritar las patas, mira a su dueña, guiña los ojos, lucha por expresarse, pero ella está tecleando y no se entera. El mastín se acomoda con su amo en el banco de enfrente y contempla al pequeñajo. De repente una tiritera azota las ridículas patas de la criatura. No hay dónde esconderse, ya está, no puede más: agacha el lomo vestido a la última y deja caer sobre el suelo un zurullo raquítico y deprimente.

Carraspeo para llamar su atención. Curiosamente se siente aludida por el hecho de que un ser que no conoce trate de aclararse la garganta. Me ofrece su sonrisa despistada como un trapito de Desigual en rebajas. Entonces se da cuenta del pastel: “Ayy, pero qué tontito, qué has hecho Gucci“, enrojece. Carraspeo de nuevo. “Guccito, si es que…”. Mete la mano en el bolso y extrae un pañuelo, lo despliega sacudiendo al aire y se agacha, “te has portado muy mal”. Sus tacones altos hacen muy difícil mantenerse en cuclillas y sus gemelos se escuchimizan, se avergüenza, Guccito, Guccín, no puede aguantarse y sus rodillas pierden la prestancia calculada. Con el índice y el pulgar pinza el escremento… Las princesitas, sí, sí, también las princesitas.

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6 Respuestas a “Un perro llamado Gucci

  1. Grandes dosis de reflexión en un corto espacio. El arte de condensar sin perder la perspectiva de un asunto profundo, que invita a pensar, no se encuentra al alcance de muchos. Persevera y mantén el listón que tan alto has establecido tiempo ha. Cuando existen cualidades, el baremo de partida no depende de uno; no podemos evitar la manifestación sincera de lo que llevamos dentro. Un abrazo.

    • Muchas gracias por el comentario y por el consejo. Alicante tiene mucho jugo para exprimir. Un abrazo.

      • La realidad que nos circunda posee ese jugo inacabable. Igual que el mundo se expresaba antes de la aparición del hombre y esperaba una interpretación nueva de sus manifestaciones(Arsuaga dixit). Me refiero, obviamente, al hombre “antiguo”, “primitivo”, según la visión actual que tenemos de nuestros ancestros(de necios sería ignorar que ellos supieron leer mejor el entorno de una vida más corta, más plena también), no a la nueva versión del “homo lo sé todo”, cuándo no sabe nada, a esa nueva faceta del ser humano que se define como aprehensor de una realidad que le supera y la suple con tecnología, falsa tecnología que le otorga la estulta preeminencia sobre una parcela tan limitada del mundo que nos rodea que debiera avergonzarnos como especie. Quiero expresar con ello, y cuento con tu paciencia y experiencia con “gentes” que necesitan más de ciento cuarenta caracteres para definirse, quiero expresar, incido, que la realidad está ahí, inextinguible, plena, satisfactoria. Es necesario interpretarla, extender cada brizna de vida en el mantel de la mesa antigua, familiar, libre de ruidos modernos y, entonces, aplicar la sabiduría, ese antónimo del saber que asusta por la infinidad de puertas que abre, dudas, tomas de posición. Esas puertas, dudas… están más que superadas, sino no escribirías con el tono ponderado, ácido, irreverente, literario en suma, que derramas en cada uno de tus ARTÍCULOS(las mayúsculas no implican aceptación por conocimiento, sino por convicción); quiero decir, simplemente, que Alicante no da el jugo; quiero decir que puede darlo. Pero, de qué vale si nadie sabe domarlo y exponerlo a juicio con la dulce sabiduría que tú lo haces. La realidad está, pero es necesario que algún pecho se parta para ponerla de manifiesto. Un abrazo.

      • Una reflexión brillante. Destila una ‘sabiduría’ trabajada, apoyada en la sensibilidad y el amor al mundo de quien ha decidido seguir un camino propio.

        Yo no podría haberlo explicado mejor: “…falsa tecnología que le otorga la estulta preeminencia sobre una parcela tan limitada del mundo que nos rodea que debiera avergonzarnos como especie”. Abramos los ojos pues, veamos el pájaro y la hoja y la corteza, pongamos a crujir la vida en cualquier árbol de la calle. Un abrazo.

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