Para la chica que lloró anoche en la línea 24

Trayecto de la línea 24 hacia San Vicente/ Foto: Manjar de Hormiga

Trayecto de la línea 24 hacia San Vicente/ Foto: Manjar de Hormiga

Si estás atento, la rutina es un hueso frágil. Salgo del trabajo a las nueve y nada presagia la música. Compruebo que el verano ya desea retirarse: cada día cierra antes su pubis naranja y para encontrarlo tengo que buscar el reflejo de las últimas plantas del Riscal. Abro un libro en la parada de Federico Soto, pretendo concentrarme y combatir la sensación de soborno que siempre me acompaña al final de la jornada.

Nada hace sospechar la música en el autobús. Hay muecas, torceduras de pómulos descontextualizadas de los que whatsappean, mentones: los miro y me pregunto si también tienen contraseña, si debo trazarles un rombo en plena cara para desbloquearlos. Hay un par de manteros con los ojos fijos, envenados, el blanco color filtro de cigarro y las rodillas pinzadas sobre los hatillos. Aunque, bueno, quizás haya una música antes, pero no es la música de ella. Me refiero a la que traen los viejos que aún se esmeran en vestirse los domingos y se perfuman, y de esa forma cuelan en el autobús las plazas de sus pueblos con el alumbrado precario de los cincuenta y los chimpunes de un par de hombres-orquesta. Repito, esa no es la música de ella.

La música de ella empieza en la parada de la Calle San Vicente, asciende su corta estatura, su cabecita de pelo prieto con coletero entre un mar de pasajeros. En principio surgen notas sueltas: la estrechura de sus hombros o los eslabones de plata de su muñeca en la barandilla azul. Yo encuentro su cara en el cristal, tergiversada por los árboles cercanos al Panteón de Quijano. Fuera el sueño va ganando a los borrachos y los dispersa por los bancos. Enseguida distingo su lejanía. Aguanta el labio inferior mordido mientras busca un sitio. Se alivia.

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Sin prisa habrá aguardado en la parada, habrá respetado la cola, habrá saludado al conductor, esperado el cambio. Por fin puede dejar de fingir:  sabe que le ampara la indiferencia del resto de la humanidad. Eleva los ojos al techo y deja rodar una lágrima. Veo que no llora como los otros, no resopla ni reprime una pataleta, tampoco frunce sus  cejas perfectamente semicirculares. Caen lágrimas y ella las recibe, sola, inundan su piel caribeña, redonda y un poco africana y sola otra vez y silenciosa. Un sujetador barato le abraza la espalda bajo su camiseta ancha y aireada donde aguanta un estampado chillón troceado por las puestas… Entonces sí suena la música de ella, suena porque a mí me da por imaginarla. Me la invento porque parece un trozo de calle al que le llueve otoño, porque está acostumbrada al sufrimiento y no me da la gana, porque no sé qué le duele pero uno tiene la manía de que los tristes canten. Sin motivo alguno su voz es tenue como la de Silvia Pérez Cruz y mueve los hombros y las manos para mecer el cante. Los pasajeros la toman por loca, o no, quizás alguno la mira de reojo y recuerda algún abrazo roto de su vida. Se acerca mi parada. Yo soy el único que la busca de verdad, él único que sabe que ella podría cantar aunque no canta. Llega mi parada. Intento que me mire para sonreírle al menos, para hacerle saber que yo también sueño alguna vez, como dice el bolero, “si las cosas que uno quiere se pudieran alcanzar”.

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