Cecilia limpia, canta, sobrevive

Foto: Manjar de Hormiga/ Alicante

Foto: Manjar de Hormiga/ Alicante

Yo sólo sabía de Cecilia que canta para no pensar en otras cosas y que limpia las escaleras de varios edificios de Los Ángeles; lleva décadas haciendo lo mismo. Sabía que dice coplas y aplasta bien el mocho porque la mugre más terca se cobija en el ángulo de los zócalos. Igual sé que cuando la interrumpes, abres el portal y está mojado, ella te observa desde la otra punta, desde uno de los escalones o desde la puerta del ascensor sujetada por un cubo, y escurre una sonrisa ladeada: “Pisa, rico, pisa, que lo repaso en un momento”.

Sabía que es pequeña como un recuerdo amable o un jilguero. En sus brazos distendidos por la edad persiste esa fuerza colosal, casi filosófica, de las limpiadoras: la tensión muscular humeada por el amoniaco que usan para pelear terreno a la realidad y a la pobreza. Toca a veces a mi puerta y me pide que cambie el agua del cubo. Al vaciar en el retrete el líquido espumoso y gris, pienso en la cantidad de pasos que olvidamos y en cómo Cecilia los recoge uno por uno. Le ofrezco el agua limpia y me da las gracias, bonico, y sigue con su fandanguillo.

Cecilia no canta todo el tiempo. Primero, mientras prepara los útiles y dispone su alquimia de lejías, emite un tarareo inconstante, interrumpido por ciertas roscas o trapeos. Luego creo oír palos festeros, supongo que van bien con el carácter disperso de la escoba. En cambio, adivino cuando aplica el mocho porque él bebe densamente y se desliza, es piadoso y a la vez arrasador, por eso Manolo Caracol o Marifé de Triana. Sea como sea, ella canta con las venas, hace quiebros de garganta, oscurece las estrofas… Yo también sabía de Cecilia que en algún remate de canción detiene la fregona y entrega su vida a un par de filigranas. La imagino entonces diluyéndose como una pastilla de cloro.

Sin embargo, llegó a mí un trozo de su vida. Una cosa sencilla, sin importancia. Supe que fue niña en medio de La Mancha y la postguerra. Me contaron que el día de su nacimiento, su madre creía haber alumbrado a un solo niño hasta que oyeron quejidos y sacudidas procedentes del lugar donde habían arrojado los despojos del parto. Tan pequeñita vino. La imagino avispada entre gasas con sangre y placenta, buscando los primeros ojos humanos que quisieran descubrirla.

Desde que conocí la historia supe que la vería distinto. Cecilia hará lo mismo: llamará a mi puerta para reponer agua, se esforzará sobre una baldosa sin quejarse, avanzará rellano a rellano hasta coronar el edificio. Cuando la interrumpa, como siempre, estrujará su mejor sonrisa y me dirá pasa, bonico, y yo pasaré y aguardaré en el ascensor a que su voz se desgrane por Miguel de Molina, pero en vez de la copla oiré su llanto leve de recién nacida y, por supuesto, dejaré de pensar en otras cosas.

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3 Respuestas a “Cecilia limpia, canta, sobrevive

  1. Ei Esteban!

    El otro día me encontré con tu página y me alegré mucho al ver que haces un trabajo de este nivel.

    Me mola mucho y te leo desde Dublín con nostalgia.

    Un abrazo!

    • ¡Qué sorpresa Dani! Muchas gracias por tus palabras; me halaga servir como vehículo para la nostalgia de los exiliados (emigrados). Ahora estoy tratando de convertir este blog amateur en un proyecto algo más serio. Veremos qué sale. ¡Un abrazo fuerte!

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