Los borrachos de barrio se mueren como los peces

(Último fin de semana de agosto)

Tendrás que cambiar el escenario de esta noche para preservar el anonimato de un borracho de barrio –poseen una especie de título oficial que todos los vecinos reconocen-. Contarás la historia de su agonía en tu blog, pero escogerás otra zona del extrarradio de Alicante, por ejemplo, los alrededores del Centro Comercial Puerta de Alicante. Hay también un descampado oscuro y urbanizaciones que celebran el final del verano. Luces de colores irradian dentro de la concha privada de cada comunidad, chocan pachangas en las calles del medio. Allí (perdón, aquí), en esta zona de Babel igual se intuye el final de la ciudad, y une a sus habitantes una identificación apasionada, casi pueblerina, que debe servir para luchar contra la arbitrariedad de la intemperie o contra el primer olor a campo de las afueras.

De momento, caminas solo hacia casa. Piensas en lo poco que ahora duras en las fiestas. No hay tráfico. Es un pequeño placer arrastrar los talones por el asfalto. Cruzas el umbral del descampado y enseguida ves, ostias, ves un cuerpo tirado de bruces en la tierra.
Frenas en seco. ¿Qué hace ese tío ahí? Revisas el lugar por si hay alguien más en quien apoyarte. No te fías, está muy quieto, pero no te fías: cuántas veces has oído los trucos que usan los rateros. Miras los balcones, si nadie se ha dado cuenta aún tienes tiempo de escaquearte y dejarle el pastel a otro. Te asalta tu propia imagen insolidaria y no te gusta, te excusas en el instinto de supervivencia, pero sabes que no: es puro egoísmo y cobardía, sin más. ¿Cómo no vas a ir?, cagao que eres un cagao; sin venir a cuento te acuerdas de José Mota. Avanzas, zapateas, remueves piedras. No reacciona. Sigues solo, ya no escuchas la música.

Babel Alicante

Cerveza de descampado para borrachos de barrio. C.C. Puerta de Alicante /Foto: Manjar de hormiga

Tiene un brazo retorcido, el pelo blanquecino de polvo y zigzaguean costras blancas en su cara. “Hola”, “perdona”, “oye”. Te sorprendes hablando en voz baja como si no quisieras molestar. Elevas el volumen. No responde. Ahora encharca tu cerebro la idea de la muerte. Manoseas el móvil, tecleas: 112. Sin embargo, antes de apretar el botón verde, algo te empuja a comprobar su pulso. ¿Te arrodillas o no? Venga sí. Lo haces aunque sabes que en el momento en que lo toques te unirá a él cierto sentido de la responsabilidad, ya no será un tío cualquiera de la calle, sino un hombre, este, el que tienes al alcance de tu mano. Así sois los de esta especie.

Presionas varios puntos pero nada se mueve dentro de esa muñeca tumefacta y fría como un nudo de alcornoque. Te levantas de un salto, qué vas a hacer, llamar, sí, que se ocupen ellos, el muerto no es tuyo, olvídate. “¿Emergencias? Mire llamo porque…”, trastabillas. Por supuesto, no mencionas la ausencia de señales de vida.

Merodeas alrededor del sujeto, fijas los ojos en el extremo de la carretera. No te das cuenta de que a la entrada del descampado aparecen dos sombras. “¿Podemos ayudarte?”. “Podéis, podéis”, finges como si aún pudieras ironizar. Te alivia encontrar cómplices, aunque sea una pareja de veinteañeros bien avenida; tampoco llevan la fiesta en la cara.

-¡Señor, oiga! ¿Está usted bien?- el chaval lo intenta, pero tampoco responde. La novia se aparta- ¿Lo colocamos en posición de seguridad?
-¿Qué?
– Que si lo movemos a posición de seguridad.

Le dices que no lo has hecho porque no sabes cómo y no querías liarla, que además tiene el brazo mal articulado y la cara hacia un lado, o sea, que no se ahogaría si vomita. “Ayúdame”, el chico está decidido: “Coge tú ese costado y empuja”. Está rígido y tierno como un puñado de pasta cocida puesta al sol. De repente, gruñe. ¡Está vivo! Ruge y os abofetea un olor a destilería. Se resiste al movimiento y, cuando ya casi está, abre totalmente los ojos, se sacude, qué pasa, pelea por respirar, tranquilícese, os aparta, encasquilla la mandíbula y empieza a convulsionar.

“¡Joder!, es que no había que tocarlo”, tratas de desmarcarte. El hombre se revuelve, queda bocarriba y, entonces, lo reconoces. Es el borracho del barrio, el Rober*: lo has visto tambalearse desde que tienes nueve años, juega a la petanca junto al bar donde tomas café, te ha pedido tabaco, te ha dado las gracias, suhurmanico, o te ha insultado, incluso te quiso quitar un euro a mala leche. Y ahora a ti, al tío más pichón y menos implicado en la vida quincallera del barrio, te toca asistir a su agonía.

Se golpea el cogote contra las piedras, levanta polvo, el sonido de las sacudidas es raramente débil, nada catastrófico. Aguantas su cabeza, el chaval retiene el cuerpo. Timbra tu móvil. Es la centralita.

-¡Dense prisa, por favor!
-Ya llega la patrulla, no tardará mucho.
-El sujeto está convulsionando- imitas el tono administrativo y apático de la policía, quizás te tomen más en serio.

Va a más, quiere respirar con el pecho, con las piernas, no puede, se revuelve, abre los ojos, los abre, los abre, se le van a caer, seguro, mierda, no hay forma de pararlo. De súbito, tensiona todo el cuerpo y se paraliza. Acumula pompas de espuma en el centro de la boca, los ojos definitivamente acabarán rodando por el suelo. Emite un último estertor. Y ya…

Acaba de morir el Rober y lo primero que te viene a la cabeza es cómo se ahogaban los sargos en el espigón cuando ibas a pescar sin cubo. El chaval y tú os miráis. El silencio es inmenso.

…Inmenso, amargo, pero corto, apenas un minuto, porque rápidamente lo rompe una voz de carraca: “Estoy to borracho”, muge como un miura antes del estoque. Sin embargo, respira con cierta soltura. “Eehhh, to raxo, oderr”, se emperra. Te da por reír.
Un milagro, eso era. Pugna por incorporarse. La boca medio abierta expele vapor, destaca alguna mella entre sus dientes erosionados y turbios. Tiráis de sus muñecas, por lo visto en su breve viaje a la muerte ha adquirido un peso cadavérico. Consigue abrazarse las rodillas.

—Tome agua, señor— ofrece el chaval.
—Rober, se llama Rober—matizas, confiado.

Y Rober rechaza el agua. Con media palabra y un esputo parece preguntar de qué lo conoces.

—Agua no querrás, pero una cervecita sí te hincabas, ¿eh, compadre?— pasado el susto de la muerte, inevitablemente vuelve a ti un esquema de rechazo y de olvido, porque así te lo han enseñado, porque así te proteges, culpándolo de su propia desgracia.

El chico te censura, pero el Rober eructa una sonrisa. Accede, bebe agua. Hace un cuenco con las manos, le soltáis un chorro y se enjuaga la cara y se frota el pelo con una destreza sorprendente.

Quiere levantarse: se va a su casa, coño, que va to ciego. El chico, “Señor”, educadísimo, “debe esperar a la ambulancia, a lo mejor se ha golpeado en la cabeza”. El resucitado se ofende como puede: “¿Tú sabes dónde hice yo la mili, viejo?”. Entonces recuerdas el susto de un tarde de fin de semana. Tenías once o doce años, volvías del quiosco y te topaste con un loco vestido de militar que se arrastraba por la acera y disparaba sin pistola. Corriste despavorido por si acaso.

—En la Legión, en Melilla, ¿verdad que sí?—lo sabes porque siempre cuenta lo mismo.

El Rober sorbe babas con mucho orgullo: está conforme con su fama. Llega la policía. Lo acercáis a la patrulla. Un agente calvo y con forma de vasija sale del vehículo: “Ché, Rober, otra vez tú, últimamente no paras”. Te empiezas a sentir ridículo, observas que tu ayudante también. “Pues, mira, que son las fiestas de mi barrio y me he pillao un petorrooo… y los chavales me han encontrao y… pues mira”, balbucea medio riéndose de vosotros; es increíble, él se compadece de vosotros. Estos seres nocturnos son capaces de morir todas las noches.

 

*Usamos un falso nombre para proteger el anonimato.

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