7 formas comunes de rechazar a la captadora de fondos de una ONG

En la avenida Maisonnave los pasos van rápidos y cortantes como tijeras boca abajo. Pero hay unos pocos pares de piernas lentos y sospechosos. Por ejemplo, unas sandalias rojas describen semicírculos en el suelo. Repiten el movimiento y apenas avanzan unos metros. Ella, la de encima de las chanclas, no va a ninguna parte, seguirá ahí durante horas y sólo desea relajar los gemelos, distraer las rodillas. A su alrededor, cruzan bolsos, tacones, en todos los sentidos, corbatas, gorras. Bufan autobuses. Cláxones despotrican contra furgonetas en segunda fila.

Los que son como ella resultan peligrosos, se sabe a lo que van. Los mendigos agreden también el desahogo que provoca el que todo el mundo tenga prisa, pero son fáciles de esquivar. En cambio, estos te solicitan, te persiguen un poco e intentan colar en tu oído tres o cuatro palabras: “Señor, tendría un segundo, un momentito solamente, conoce…”.

Captadora de fondos de Acnur en la avenida Maisonnave/ Foto: Manjar de hormiga

Captadora de fondos de Acnur en la avenida Maisonnave/ Foto: Manjar de hormiga

Ella representa a Acnur. Gira la cabeza de un lado a otro, busca rasgos jóvenes, personas que superen los veinte, quizás que ronden los treinta. Por algún motivo su mensaje está diseñado para ese perfil. Los captadores fondos de varias asociaciones frecuentan Maisonnave, y los transeúntes habituales son diestros en el arte del rechazo.

(1)El método más recurrido es “el tengo prisa”. Este incluye, a veces, una variante exculpatoria: la mirada perdida. La chica inclina el cuello y levanta un poquito los hombros, cándida e inocente, pero el otro alarga las zancadas y busca algo en las baldosas o en la acera de enfrente o en la escultura de la rotonda de El Corte Inglés.

(2) Los anticipados detectan a los captadores desde lejos: es fácil, incluso cuando no llevan chaleco, porque parecen una manada devastada. Rápidamente empiezan a desmarcarse y se colocan a dos o tres viandantes de distancia, de modo que su oreja sea inaccesible.

(3) Las asentidora es tierna. Se detiene. No puede ignorar a alguien de mala manera. Al principio a la chica se le ríe hasta la carpeta donde guarda los impresos de inscripción. No obstante, pronto queda claro que no firmará nada. Ella se explica, muestra fotos de campos de refugiados. La asentidora se ruboriza, levanta las cejas, no si ya, si da mucha pena, sonríe muchísimo como disculpa, no, no, si ya, pero es que… Cuando desaparece, la recaudadora se rasca la nuca.

(4) Hay chulos o autoencantados. Unos pobres imbéciles interpretan la amabilidad de ellas como una reacción a su atractivo. Seguramente son tímidos y torpes en las relaciones personales al natural y aprovechan la obligada simpatía de estas chicas para abonarse el orgullo. Ha aparecido un ejemplar perfecto, se siente desenvuelto, capaz. No alcanzo a comprobar si admira su reflejo en el escaparate de Desigual.

(5) Otros no se sienten cómodos franqueándola sin más y dicen que ya son socios. Lo dicen como un mantra. Si ella les preguntara el nombre de la ONG, los desarmaría.

(6) El falso comprometido atesora una imagen solidaria de sí mismo que le empuja a indagar. Hace preguntas, coloca los brazos en jarra, endurece unas quijadas que parecen nacidas para el activismo. Cree que el interés per se aporta algo a la alimentación de los pobres. Da la razón, se indigna, se aflige. Ella saca de su carpeta un paquete plateado y lo pone en la mano de él, le cuenta que cuesta 25 céntimos y que con sólo dos de ellos cubrirían la dieta básica diaria de un niño. Ahí ya no, ahí el falso comprometido se delata, se transforma un poco en asentidor. Despista los ojos, pero esas chicas están adiestradas en mantener la tensión de las pupilas. Aparecen palabras que mueven a la acción, “por sólo 15 euros al mes”, él recula, se saca de la manga una situación familiar desastrosa, habla de la crisis y se marcha.

(7) Alguno se agarra a los tópicos como tabla de salvación. La ignora y enseguida se justifica, explica a su compañero de camino que hay mucho mangante en todas partes, que el dinero se pierde en el proceso, que hay que ayudar a los de cerca, que, madre mía, está todo lleno de golfos, y que el dinero o se da en mano o nada. Mientras hablan ven a un violinista con el estuche abierto sobre el suelo. No lanza moneda alguna. Seguramente no se ha dado cuenta de que tiene manos.

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