“Mira qué teticas le cuelgan”

Conocéis a alguien así, seguro. Hablo de personas nerviosas, histéricas, chillonas, aspaventeras. Gente que no deja hablar, que interrumpe. Personas muy suyas, dicen, que se enfadan aunque hay que comprenderlas porque tienen un-pronto-muy-malo, dicen, pero en el fondo son todo corazón, dicen, imponen. Y muy sinceras, sobretodo eso. Lloran fácil, gritan fácil, aman fácil y odian rápido y hacen ‘la cruz’.

Un estupendo ejemplar hembra arrastra a su marido por el interior de una tienda de moda del Centro Comercial Gran Vía de Alicante. Antes de abrir la boca ya eclipsa la música del hilo, y no es fácil superar la molestia de ese sonido cardíaco que zumba en bershkas, mangos, zaras, lefties, y que motiva más a pedir un cubata que a probarse prendas. La mujer avanza, revisa cada rincón, mueve el cuello tajantemente.

Esta especie goza de unos prominentes músculos cervicales. Cada tres o cuatro vistazos se gira y mete prisa al marido. Recuerda a los caballos de Atila. “Ésa es. Chico, vamos, uf. Ésa es. Nena. No me oye. ¡Nena!”. La dependienta la reconoce y le dice que enseguida saca la chaqueta que tenía reservada. Ella cruza los brazos y zapatea con el talón, con la punta, con el otro pie. Resopla. No está cabreada ni tiene prisa: funciona así, sólo es eso. La chica regresa con una chaqueta caqui. “Muchas gracias”, le arrebata el trapo, “gracias”, repite violentamente agradable. “Pruébatela, hijo, a ver si puede ser”, de nuevo cruza los brazos y taconea. Él obedece, se observa en el espejo y sugiere que le queda algo justa. La mujer se desespera: “Ya estamos, chica”, entromete a la trabajadora, “siempre lo tiene que llevar todo grande. Pues te está bien, yo se lo veo bien”. Él se calla, estira un brazo y toda la muñeca sobresale de la manga. La vendedora se apiada: “Le traigo una talla más”.

Al enfundarse la nueva pieza, el marido parece conforme. Ella no se resigna:

“Le arrebata la dignidad, suprime su derecho a calibrar su imagen”/ Foto: Manjar de hormiga

-De verdad, es que estos hombres… -intenta despertar una especie de solidaridad incondicional de género-. ¿Tú cómo se lo ves?
-Si lo va a llevar él…
-Y tanto, y tanto -la corta, no deja responder, piensa que le ha dado la razón-. Pues nada, eso, que vaya ancho y desastrado-sonríe a su interlocutora, de alguna forma deduce que hay complicidad.

Se marchan. La vendedora los acompaña a la caja cuando la señora frena en seco: “Uy, mira, camisetas interiores”. Levanta unas perchas, desplaza otras, tantea costuras. Avisa: “Ya que estamos aquí te podrías probar…”. Él no responde y ella sigue rebuscando: “Pues te vas a probar, sí, sí, te tienes que probar. Vamos, ¿eh?”. Él no dice ni sí ni no. De repente, se disgusta: “No, no, las tiene que llevar de cuello de pico”. La chica indica un poco más a la derecha. La mujer siente la necesidad de aclarar que no es un capricho, que ella no habla sin razón. “Es que las redondas, uf, chica, mira, mira”, atrae al hombre hacia ella y le desabrocha los dos primeros botones de la camisa: “¿Ves?, luego se le ve por debajo, nena, es que me pone negra, ¡me pone negra!”. Gira sobre sí misma y vuelve al perchero mientras el marido se abotona lentamente, en silencio.

Entra al probador. Ella espera fuera tomando del brazo a su ‘nueva amiga’: “Madre mía, si es que hay que aprovechar porque luego no hay quien los traiga. Menudo suplicio, nena”.

Le gustan unos pantalones, los agarra, lo ojea y sentencia: “Este también se lo prueba”. Decidida, segura, desprovista de toda cautela, descorre de un tirón la cortina del probador. Al otro lado, aparece el marido perplejo, encorvado y desnudo de cintura para arriba. La trabajadora puede verlo, otros clientes pueden verlo. La señora no se disculpa, no cierra la tela de nuevo; al contrario, ella sabe que dispone libremente de la intimidad de su acompañante. Entonces decide arrebatarle la dignidad, suprimir su derecho a calibrar su imagen, humillarlo… Acerca la mano a su pecho e impulsa el pezón hacia arriba, lo hace rebotar para exhibir su flaccidez: “Eh, eh qué teticas le cuelgan”.

Él no dice ni sí ni no.

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Una respuesta a ““Mira qué teticas le cuelgan”

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