“¡Estoy muy loco, hermano!” o el robo callejero bajo amenazas indirectas

Un joven va a sufrir un robo mientras espera el autobús en el barrio alicantino de Babel. Son las diez y media de la noche. En alguna de las esquinas parece que todavía reverbera la agitación de la tarde de viernes, pero sólo es un espejismo tramado por los rótulos eléctricos de algunas tiendas con poca caja y sin horario. La calle está abandonada.

Va a sufrir un robo y lo normal sería que el ladrón cruzara la calzada hasta colocarse a su altura y, después, brusco y sorpresivo, dijera algo como “dame la cartera o te reviento la cabeza” o, acusando la intimidación, “dámela o salimos a puñaladas”. El chaval, inexperto en el uso de la violencia física, nervioso, con los meniscos en pleno redoble, como tocados por John Bonham, soltaría la cartera rápidamente o correría igual que un cervatillo. Eso es lo que uno espera de un robo y eso es lo que no pasó.

El sujeto cruza la calzada, va a lo suyo hasta que detecta a la presa y empieza a remolonear: antes de acercarse simula leer el cartel de una farola. La víctima se cosca, resopla, mira al fondo de la avenida, no encuentra rastro de las luces de gálibo:

-Buenas noches, disculpe que le moleste, buenas noches, de verdad…- educadísimo, lleno de ‘eses’ y de ‘dés’.
-Buenas noches- responde muy lanzado, enmascarando su desconfianza.
-Mira, hermanico, es que tengo al niño ahí abajo en lo de, en esto de, ¿me entiendes?, ahí que está malico, me lo tienen ingresado.

Foto: Manjar de hormiga

Foto: Manjar de hormiga

El joven percibe la mentira en la pena pastosa que imita en esos labios enmarcados por una perilla negrísima, delineada con escuadra y cartabón. Él sujeto se rasca el cogote, palabrea con agresividad. El chico le sigue el juego por instinto: “En pediatría”.

-Eso, coño, eso… Y le han mandado una medicina que cuesta 20 pavos y en la familia estamos que no tenemos para el día, hermanico. Y yo digo: “¡Ay!, ¡cómo que veinte euros! Me vais a dejar al niño malo”. Y se la he empezado a liar a los médicos, a gritarles- reproduce su agresividad, golpea el aire-, pero me viene un señor mayor y me dice, mira, no te pongas así que ellos no tienen culpa.
-Claro, ellos no tienen nada que ver- escruta de nuevo el extremo de la calle.

El sospechoso es un artesano de la intimidación: apantana la acera con su discurso despacioso y poco a poco, a base de gestos, agitaciones y caras desquiciadas, calibra la debilidad de su presa y la va hundiendo. El objetivo de esta táctica de sustracción no es que el interpelado crea la historia y desate su solidaridad. Nada más lejos. Él sabe que no cuela, pero distribuye en la conversación muestras de su temperamento violento, y más le vale al otro seguir la corriente. Si se declara incrédulo, le estará llamando mentiroso y faltándole al honor; si no afloja la pasta, peor, estará menospreciando la vida de su hijo. La malla está tejida.

-Y me voy a la farmacia de mi barrio y el tío me dice que luego sí tengo dinero para gastármelo en los porricos… Será desgraciado, mira, me han dado unas ganas de agarrarlo y forrarlo a tortazos…-se tensa, se arremanga y abofetea a un ser imaginario- Por mi madre que lo cojo del cuello, escúchame, lo cojo del cuello y le endiño en la cabeza hasta dejarlo tonto (traducción: sé que estás pensando que el dinero es para droga y como se te ocurra decirlo te desportillo el cráneo).
-Nada compadre, déjalo, no merece la pena, subnormales hay en todas partes- se cura en salud antes de escurrir el bulto- Yo con gusto te daría algo, pero es que…
-Qué lástima de mi hijico…-lo interrumpe, muy hábil, y se encana en la amenaza indirecta-. Qué coraje, cada vez que me acuerdo, será cabrón, a otro día, mira lo que te digo, a otro día, te lo juro por mi abuela, lo mato, de verdad, ¿eh? Que, que, que yo estoy muy loco, hermano, que a mí se me va la pinza y empiezo a rajarme yo sólo- se levanta la camiseta, eleva el vientre y exhibe cinco o seis cicatrices de cortes por encima del ombligo, y aprieta los puños y exorbita los ojos. (Si tajo mi propia piel, imagínate lo que puedo hacer con la tuya).

La víctima no tiene escapatoria. Recuerda que apenas lleva dos euros encima. “Hombre, yo para que tu niña se cure, te puedo echar un cable”. Saca la cartera, la abre de manera ostensible y vacía cuatro monedas en la palma de su mano. Él otro atiende con codicia a la operación. Recibe el dinero y se crece.

-Yo creo que si me presento en la farmacia con quince euricos, me perdonan los otros cinco… Yo mañana, te lo juro, te devuelvo el doble o el triple.
-Ya has visto que tengo la cartera seca…-lamenta y se resigna: acabará vapuleado.
Sin embargo, el atacante se calma de golpe, parece que se le ha ocurrido algo. Decide retirarse y da las buenas noches. El joven, indignado, no puede reprimirse y le grita: “¡Qué se cure su niño, eso es lo primero!”. Aquel se gira y acanalla los ojos.

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4 Respuestas a ““¡Estoy muy loco, hermano!” o el robo callejero bajo amenazas indirectas

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