Si alguien dice lo que todos callan en una entrevista de trabajo…

Gabriel* acude a una entrevista de trabajo en el centro comercial Plaza Mar de Alicante. Cuarenta minutos después corre despavorido por el puente peatonal que sobrevuela la carretera. Zigzaguea y esquiva a los transeúntes que miran a su espalda y buscan al loco que lo persigue; pero está solo. Derrapa frente a un paso de cebra. Zanquea alrededor de un semáforo en rojo. La gente empieza a pensar que el loco es él.

Cuenta la leyenda que al llegar la Navidad unos extraños seres recorren los grandes almacenes. Visten bien, huelen a limpio y cargan carpetas y mantienen la mano posada sobre ella, lista para desenvainar y dejar un currículo sobre el mostrador de cualquier tienda. Gabriel es un ‘carpetero’ más. Después de una ingeniería en Diseño Industrial, de un máster, de cursos de especialización, de buzonear a decenas de empresas y de trabajar gratis, Gabriel es un ‘carpetero’ más.

Al fin deja de dar vueltas por la acera y descansa en un banco. Se acoda en las rodillas. Le han dicho que si lo seleccionan, lo llamarán durante la mañana para emplazarlo a una última entrevista con un supervisor. Le tiemblan los labios, resopla con rabia. Lucha por pensar en otra cosa, no obstante, todas las frases de la conversación se agolpan en su entrecejo, pelean entre sí las fanfarronadas escupidas por el responsable de esa famosa marca textil.

Los centros comerciales en Navidad se llenan de jornaleros con currículo/ Foto: Manjar de Hormiga

Los centros comerciales en Navidad se llenan de jornaleros con currículo/ Foto: Manjar de Hormiga

Un puesto de 15 horas, susurra. Dos entrevistas, los tímpanos acorchados de tanta impertinencia, la lengua machacada por la autocensura y, luego, si el destino quiere, podrá doblar ropa, apretar las teclas de una caja y dar el cambio, gracias, y graparse una sonrisa dispuesta y complaciente durante tres semanas para templar a los clientes. No ve nada malo en ello, pero si fuera su vocación, no habría volcado su vida en otro oficio.

Recibiría el salarío más bajo del convenio, eso sí, el entrevistador se encargó de disipar las dudas. Segundos antes, por supuesto, se había vanagloriado: “Quien pretenda estar con nosotros debe esforzarse al 200%, es lo que hay si quieres formar parte de una marca de referencia internacional y, además, hay muchas personas pegándose por entrar”.

Lo más insufrible no eran las condiciones laborales, sino tener que oír esas cosas. Asistir al extraño ejercicio ‘masturbatorio’, sentirse obligado a admirar el masaje que aquél practicaba amorosamente en los testículos de la empresa, cada vez más puntera en su boca, cada vez más contundente y emblemática. Y si no asentía a las caricias, si no se sumaba a la adoración de la imagen de marca, sería un guiñapo desechable, una bochornosa prenda de los chinos, un desgraciado sin unos 400 euros en el bolsillo.

Gabriel detesta a ese Gabriel con gomina y camisa nueva que dice cosas como: “Sí, efectivamente, creo que es una responsabilidad incorporarse a este establecimiento porque los clientes vienen con grandes expectativas”. Y, sobre todo, Gabriel odia a ese Gabriel que finge credulidad e ilusiona la cara cuando el responsable habla de la posibilidad de ampliar contrato si demuestra un buen rendimiento.

Ojalá no llamen, piensa. Se levanta. Se apoya en una papelera municipal. La basura se desborda por la boca del recipiente, la chapa externa enseña costras y rodales grasientos. Entonces toca la mugre con los dedos como si en ella residiera una explicación; sólo cuando ese pringue hiede en la piel de su mano, sólo ahí, sufre una revelación: “Que me llamen. ¡Sí, coño, que me llamen!”.

barrios

Qué cara se les va a quedar. El supervisor lo verá entrar al despacho, tal vez sea otro tipejo de cejas envaradas, oculto tras unas gafas descomunales que te obligan a preguntarte dónde guarda el arpón y las aletas. “Toma asiento”, señalará la silla sin mirarlo. Él obedecerá. “¿Tú eras…?”, susurrará el otro mientras rebusca en un montoncito de currículos. Gabriel adoptará una expresión nerviosa y blandita para disimular sus verdaderas intenciones. Lleno de pereza, el entrevistador moverá el papel, chasqueará la lengua y musitará quejas ininteligibles.

El esfuerzo de tantos años, los conocimientos, las pasiones, la experiencia; todo lo que construye la dignidad fluirá por el cuerpo de Gabriel. Regará sus extremidades y su boca una seguridad clara y honesta. Así, podrá desautorizar con tranquilidad cada una de las sandeces. Qué bonito será cuando aquél le diga que hay que entregarse al 200% por el salario mínimo y él le responda, haciéndose el tonto, con cara de pánfilo premeditada: “Cómo, qué, ¿pero sí cobro el mínimo, no debería aplicarme mínimamente?”. Más tarde el supervisor se despizcará en alabanzas hacia su marca, explicará la plenitud que adquiere un ser humano por romperse los cuernos en honor a ese logotipo y, luego, preguntará qué virtudes resaltaría de esa tienda frente a otras del sector y por qué había decidido dejar un currículo allí.

Y Gabriel se expresará sin acritud, le aclarará que la oferta es para un puesto de 15 horas semanales en la campaña de Navidad y que los candidatos sólo buscan una limosna que les ayude a mantener su vida precaria. Verá las gafas de buzo estupefactas y seguirá con dulzura, matizando que, una de dos, o eran muy ilusos al pensar que la gente pretendía trabajar allí por amor a la empresa y que, por lo tanto, no había repartido 30 currículos en los comercios del entorno, o, lo que resulta bastante maquiavélico, deseaban ver la capacidad de sumisión de cada individuo. Sí, sí, Gabriel especificará, cortará la protesta de su bonquiabierto interlocutor con un gesto, sí, sí, quizás queréis saber hasta qué punto una persona es capaz de anular su voluntad y memorizar datos que no le interesan para teneros contentos, quiero decir, a ver, que o sois ingenuos o estáis midiendo nuestra desesperación. Por fin, Gabriel rematará, les pedirá que detallen sus condiciones y, cuando las compare con el resto de establecimientos del centro comercial, les avisará. Y ya, levantándose, sonriente: “Por supuesto, si cubrís las expectativas, valoraré la posibilidad de quedarme indefinidamente”.

Saldrá Gabriel del despacho, desempleado y pobre, pero bañado en un orgullo balsámico que ya creía imposible después de tantos años de parálisis, impotencia y crisis.

“Sí, que me llamen”, fantasea y da unos saltitos entusiasmados mientras camina ya por las faldas del Castillo de Santa Bárbara.

El teléfono suena, es un número sin identificar.

–¿Dígame?… Sí, sí, soy yo…

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*(Hemos cambiado el nombre del protagonista para proteger su identidad).

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5 Respuestas a “Si alguien dice lo que todos callan en una entrevista de trabajo…

  1. Muy bueno, me ha gustado más la crónica del beso pero este tampoco esta nada mal.
    De una vieja película en blanco y negro una variación sobre el tema, plena de humor negro.

    • La crónica de un beso te inclina a amar la vida, este te empuja a detestarla un poquito jejeje
      Muy bueno el vídeo. No lo conocía. Muchas gracias por leerme, Rodolfo, y por tu comentario. Espero seguir viéndote por aquí. Un abrazo.

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