La infidelidad no tiene nada que ver con el amor

Crónica de un beso

Parece que el joven sale de una película o de un spot. Avanza por la calle Calderón de Alicante. La mujer que va a ser infiel espera en una mesa de la terraza, frente a mí (todavía no sospecho que tiene algo que ver con él); desde allí verá el traje entallado, oscuro, de rayas delgadas casi imperceptibles, diseñadas tal vez para instaurar en el tejido una especie de camino de huida o de vuelo, una incitación al fin y al cabo.

Calle Calderón de la Barca, Alicante/ Foto: Manjar de hormiga

Calle Calderón de la Barca, Alicante/ Foto: Manjar de hormiga

Camina sin tregua y mueve los reojos de algunos rostros femeninos. La camisa blanca, impoluta. Sobresale un cuello afilado y duro que no pierde su simetría con los pasos y que reluciría si el cielo no amenazara con anochecer a las once de la mañana.

Son días de lluvia en Alicante, y eso quiere decir que apenas llueve.

Él rondará los veintitantos y superará los 45. La postura corporal del chico, corregida y animada por un más que palpable éxito en la vida, se desvanece extrañamente cuando se sienta frente a ella.

La mujer no dice nada, lo observa seriamente con una pequeña vibración en los labios. Mi fantasía quiere añadirle un cigarro sostenido entre el índice y el corazón y un poco de humo velándole los ojos, porque su expresión es así de misteriosa, como de pasión contenida… o no, tal vez, es más parecida a la vigilancia o al temor. Lo seguro es que no hay pitillo, de hecho no me fijo en qué hace con las manos. Él se deja resbalar por el respaldo y queda encorvado. Emite una sonrisa falsa, tamborilea sobre la mesa, analiza el entorno y pasa los ojos por mi posición. Desvío la mirada. Cuando levanto la frente, pide un café con leche.

Los párpados de ella aún indagan en silencio. Algunos surcos reptan por la piel de sus sienes y en las esquinas de su boca descansan un par de paréntesis. No se adivinan los restos de una belleza marchita. Más bien, su físico sugiere una normalidad, una cosa anodina arrastrada durante años y que se acopla a la perfección a la textura de lo que aparenta ser el uniforme de un supermercado. Ambos están en su descanso de trabajo. Él aclara que dispone de media hora y se calla. Ella toma la iniciativa: “Bueno, ¿y ya está?, ¿al final…? ¿cuéntame?”, el nerviosismo y la pesadez de su respiración chivan que la historia que exista entre los dos, sea cual sea, aguanta en carne viva.

Él se resiste, aunque, finalmente, intenta expresarse. No escucho bien lo que dice: su voz suena esponjosa y hay un principio de llanto que lo avergüenza y rebaja el volumen de sus palabras. Poco a poco se disipa lo infalible de su presencia. El traje se arruga mientras balbucea y se recoloca en el asiento, la pernera asciende y enseña los calcetines (nuestro pasado de simio, de ser básico, asoma siempre a la altura del tobillo). Ella lo escucha y sufre. Se le ve. “Ay, y qué te digo yo ahora, corazón”. (Su voz es más clara y se comprende). Vuelve a remover el café innecesariamente. Le pide que se calme, que a ella también le pasa, a ver, que madruga todos los días y desayuna lo de siempre y va a trabajar. Que repite lo mismo una y otra vez, que luego sale y se sienta aquí para el descanso y ve el periódico, el móvil o sólo la calle, y vuelve y, nada, y otra vez pone las mismas caras a los clientes. Explica que llega a su casa y come tarde, y que su marido aparece casi a la noche, y cómo se duermen los dos en el sofá en mitad del capítulo de la serie de turno.

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Él refunfuña, cruza las piernas y apoya la sien sobre los dedos en un intento de recuperar la prestancia. “Ya sé que no quieres eso”, replica ella, apenada, “ya lo sé”. Regresa el silencio durante unos segundos hasta que ella, muy cautelosa, temblando mucho las palabras, pregunta: “¿Yyyy aaal, número que te di… nooo, no llamaste? Por el tono diría que se refiere a algún tipo de médico. Él sacude la cabeza y, enseguida, veo el tembleque de su barbilla y las lágrimas que empiezan a rodar. Pretende explicarse, no logro oírlo. Sin embargo, a ella, teníais que verla a ella. Acordaos de la adolescencia, ésa era su cara, acordaos del amor ingenuo, de cómo atábamos el aliento, el pecho, la saliva y la vida a cualquier movimiento de la otra persona, acordaos de cómo esa cuerda crispaba los nervios, o los amansaba, acordaos del sabor a escarcha del susurro. Ella asiente y se duele y, de vez en cuando, dice que sí, que ya, que entiende. Así de insegura suelta la taza y adelanta las manos, fijaos en sus ojos mojados y perplejos como noches, ved cómo él, cabizbajo, no se da cuenta hasta que ella toca sus mejillas. Mirad, él se sorprende, algún prejuicio cae derribado de su frente y lo deja expuesto y cautivo. Ved lo increíble, el cuerpo pequeño y tontamente uniformado de ella inclinándose por encima de las tazas y el servilletero, levantando su mentón, aproximándolo y descargando sobre sus labios un beso extenso y sencillo. No os imagináis la delicadeza de la escena: el precario equilibrio de una mujer que presiente el tiempo blando de la vejez y que se atreve a arriesgar su vida y su comodidad en un descanso de trabajo, en uno de esos minutos en los que nunca ocurre nada memorable.

Después suceden pocas cosas. Ella regresa a su silla. Él no reacciona, no pregunta, lo más que ofrece es una mueca de agradecimiento y, al poco, carraspea, sonríe y se marcha. La trabajadora del supermercado saca un par de monedas de su cartera. Mientras se enrolla la bufanda, niega con la cabeza como si acabara de ocurrírsele una estupidez.

 

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2 Respuestas a “La infidelidad no tiene nada que ver con el amor

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