No hay brotes verdes en el metro de Madrid (por María Irún)

@MariaIrun, periodista de ZeroGrados

Violinistas en el metro de Madrid (Foto: María Irún)

Violinista en la estación de metro de Ópera (Foto: María Irún)

No hay brotes verdes en el metro de Madrid. No hay signos, señales, pequeños detalles que indiquen que la tierra por fin se ha recuperado de la sequía y empieza a aceptar que de ella nazcan buenas noticias. Los brotes verdes, esa expresión que algún escritor de discursos decidió colocarnos en el plasma porque tal vez provenía de otro país o de otro planeta. En la superficie todo parece difuminarse, parece que el ruido de coches y la prisa por llegar a nuestra próxima cita ahoguen los intentos de ver a través de nuestros ojos y no de los ajenos.

Pero ahí abajo, en el metro, el oxígeno todavía no permite que nazcan brotes, ni verdes ni rojos. Ahí abajo la realidad vuelve a ser como es, cruda, sin pantalla que la convierta en blanda y reconfortante.

Es fácil darse cuenta. Basta con abrir los ojos una vez que te zambulles en la boca del lobo que solo duerme de 2 a 6 de la mañana. Ya en las escaleras puedes encontrar a Juanjo, por ejemplo. Juanjo no tendrá más de 30 años, y repite siempre la misma frase: “Por favor, sólo pido algo para comer. Por favor, solo pido algo para comer. Por favor…”. Y así, en un bucle infinito, que escucho cuando bajo y vuelvo a escuchar cuando, horas más tarde, subo a la superficie. Le ayudo, aunque no estoy segura de que sea la mejor opción. Y me mira, sin esperanza, con unos ojos que sí ven la realidad. “Están las cosas demasiado mal”, dice.

En la boca de metro de Ciudad Universitaria un hombre fuma y vende golosinas (Foto: María Irún)

En la boca de metro de Ciudad Universitaria un hombre fuma y vende golosinas (Foto: María Irún)

Otros cantan, porque quizás así puedan comer. Canta él, con la guitarra, rasga su garganta gitana y acaricia unas cuerdas que tal vez le den unas monedas. Cantan ellos, un chico y una chica demasiado jóvenes como para haber comprado su mirada triste con maldades, para que alguna venganza les haya llevado a subirse cada día a la línea 6 del metro de Madrid y, con un altavoz, cantar a dúo de una manera más que decente. No sacan mucho, quizás por eso siempre vistan igual. Quizás, también, tengan que llevarlo a casa para dar de comer a sus hijos.

Pueden tratar, también, de hablarle de brotes verdes a la muchacha africana que arrastra sus pies, que llora, que canta su desesperación con un tono tribal pero en perfecto castellano. Pide por sus hijos, ella sí, y porta una bolsa de plástico medio rota y unas sandalias en pleno invierno. Pero, sobre todo, arrastra los pies, no tiene fuerza para levantarlos, como si los atraparan unas cadenas invisibles para quienes hablan de brotes verdes.

Repitan, brotes verdes. Año de recuperación, ya no hay miedo a perder el empleo. Repítanlo y luego acudan a la estación de metro de Ópera, o de Avenida América, y busquen a esa pareja de ancianos. Él toca el violín, ella pasa las partituras. Puede que no necesiten mucho dinero para vivir, pero con un vistazo queda claro que tampoco lo tienen. Sus ropas son también siempre las mismas, viejas y gastadas, y parece que llevaran consigo todo lo que tienen, metido en un carrito de la compra. Sonríen, eso sí, más ella que él. Horas y horas de música porque, a pesar de los brotes verdes, tampoco tienen nada más que hacer. No tienen nada que gastar.
Y qué me dicen de la boca del metro de Ciudad Universitaria. Acérquense, si pueden. Allí está él, mayor, con gabardina y vendiendo golosinas. Él tiene dinero para, al menos, un paquete de tabaco. Fuma y vende golosinas. Aparece todas las tardes a las cuatro, extiende un tablero de madera y coloca las bolsas de colores que los universitarios no pueden evitar mirar entre la prisa por llegar a casa y la pereza por acudir a clase. A veces le acompaña un señor de gorra, más joven que él. Éste trae literatura, y no es una forma de hablar. Consigue ejemplares viejos y usados de grandes clásicos, los separa en una sábana, y los vende baratos. Todo lo que saque es beneficio. Si hablas con él, te explica dónde los consiguió, cuáles son sus favoritos, por qué debes leer cualquiera de ellos. Sus brotes verdes no consisten en números, en cuentas de la lechera. Sus brotes verdes solo nacerán si un joven le compra un libro.

Los brotes verdes sólo crecen en algunos invernaderos (Foto: María Irún)

Los brotes verdes sólo crecen en algunos invernaderos (Foto: María Irún)

Son muchos, malas hierbas para tanta gente. Algunos te persiguen reclamando dinero para un billete de metro o para poder comer, otros simplemente esperan que aprecies su esfuerzo y les recompenses, como si fueras superior a ellos. Te miran así, como si estuvieran por debajo de ti, porque es lo que les han hecho creer. Que el dinero está por encima, y que tenemos que alcanzarlo. Que a ellos, los de más arriba, les salen las cuentas, y que nosotros tenemos que pisotear las malas hierbas para poder seguir creciendo. Usan más las palabras “gracias” y “por favor” que cualquiera, cuando deberíamos ser nosotros los agradecidos. Porque cuando bajas al metro de Madrid, ellos son quienes nos hacen ver que esos brotes verdes de los que nos hablan no crecen más que en algunos invernaderos que ellos eligen. Allí abajo no, nunca.

casillafacebook

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s