Los niños temen perder la oreja en un corte de pelo

Si yo fuera un niño de dos años y tuviera que cortarme el pelo también lloraría. Vería esa máquina zumbona en manos del peluquero y me retorcería la idea de no estar en mi cuarto. Patéticamente, mientras miro a mi madre sin saber todavía cómo se hace eso de suplicar, pensaría en mi habitación. Ese lugar cuyo vasto territorio dominaría a la perfección: conocería que sólo se puede rodar dos vueltas por las cuatro baldosas que separan el escritorio del sifonier; desde el arco infinito de la puerta hasta la cama, calcularía que un playmovil debe detenerse al menos una vez a descansar; y memorizaría las esquinas que arrancan mayor sonido a los juguetes de luces.

Sin embargo, el niño espera en Collado (Los Ángeles), una de esas barberías ancestrales que hay diseminadas por la ciudad. Silencioso, investiga con sus ojos grandes y despistados. Un chupete enorme oculta la línea de su boca y abraza casi toda su barbilla. Chupetea y remueve el artilugio con verdadero placer, aunque al oír la vibración mecánica empieza a masticar la goma con una premura más propia del pánico.

Peluquería Collado de Los Ángeles (Alicante)

Peluquería Collado de Los Ángeles (Alicante)

No lloraría porque me hubieran sacado de mi reino, ya sería mayor y habría aprendido que las cosas no se disipan en mi ausencia. Tampoco me aterrorizaría, ya no, ese mar de zócalos, rodillas fantasmales y zapatos que es la calle. Además, soportaría con heroísmo hasta a los monstruos con ruedas de la carretera, siempre que avanzara a mi lado, por favor, la cadera buena y predecible de mi madre. Sí me asustaría, en cambio, cuando llegara mi turno y viera colocar la sillita supletoria encima de la butaca: qué vértigo, me resultaría más alto que todos los sifonieres del mundo juntos. Y lo peor es que mi madre, por muy dulce que me sonriera y por muy guapa que siguiera siendo, me estaría dejando en manos de un extraño.

Ella explica al peluquero el tipo de corte. Al pobrecillo, las lágrimas le brotan rápido. El hombre lo observa con una mueca piadosa y alegre, “ya verás que no pasa nada”, y despliega toda su destreza. La madre rastrea la pantalla de su móvil y enseguida, “uy, uy, mira lo que hace”, se lo muestra, inflándose de entusiasmo para tranquilizarlo. Es fácil adivinar que los vídeos que le enseña pertenecen al catálogo íntimo que toda madre elabora con aquello que alguna vez hizo reír a su criatura. El peluquero enciende la rapadora, “lo hago con cuidadito”, rápidamente rebaja la masa de cabello de encima de las orejas, “ves, y además qué guapo te vas a quedar”. “¿Has oído?, vas a parecer un príncipe”, refuerza la madre. El chiquillo moquea y solloza.barrios

No es un alborotador ni un malcriado: no se zarandea ni se pone histérico. Sólo tiene miedo, está paralizado y mantiene sus manitas rígidas hacia adelante, suspendidas en el aire, y su cuello hirsuto y débil como un tallo. En otro momento, yo no habría reparado en el señor que aguarda su turno y ojea una revista de coches, pero gracias al niño, los dos nos miramos con una expresión agradable y atontada; tendrá algo que ver con el instinto humano, o tal vez nos acordemos de que a todos nos iguala la muerte, pero también la añoranza de la infancia.

Van acabando. La madre no ha parado de festejar y payasear delante de su hijo y el peluquero ha chasqueado las tijeras aquí y allá, concentradísimo y preciso, entornando los ojos y sin olvidarse de jalear al chavalín y decirle lo bien que se porta. Un último toque, quiere repasar la nuca, y la madre coloca la pantalla del teléfono estratégicamente en el pecho del pequeño, que sigue al aparato y agacha la cabeza. “Así, perfecto”, niquela la zona.

Ya han terminado, la máquina yace en silencio sobre la mesa. Hay paz.

El peluquero distribuye un poco de gomina. “¡Madre mía! ¡Pero qué guapísimo, si pareces un príncipe!”, ella está realmente feliz. Algo ha cambiado en el renacuajo, no sabe si reír o llorar. Ellos tienen su orgullo y si están tristes, están tristes y que no venga nadie a sobornarlos. Sin embargo, tal vez aliviado por haber sobrevivido o tal vez encantado con el olor de la gomina, empieza a alegrarse y todos lo observamos reconfortados y contentos. Dan ganas de aplaudir.

Lo bajan de la silla gigantesca. Salen del local. Volverá a su habitación, a ese lugar donde es él quien decide si los juguetes andan o se sientan. No lo sé, quizás vaya a otra parte. Sea como sea, agarra la mano de su madre. Va tranquilo, otra vez tiene a su lado esa cadera buena y predecible.

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