Escribir periodismo narrativo con Alice Munro

¿Qué puede aportar la nobel canadiense al oficio? Al escribir periodismo narrativo la textura de los personajes cobra una importancia semejante a la que alcanza en los relatos literarios. Sin olvidar el valor de los datos, este género busca la forma más bella de transmitir la información para remover las entrañas del público. Perseguimos una suerte de hipnosis: esa cosa en la que se zambulle el lector cuando se olvida de que lee y se confunde y cree que vive o asiste. En este empeño, los relatos de Alice Munro (1932) reservan grandes consejos.

Con esta intención recogemos algunos párrafos de su libro Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio (RBA). Bastan unos cuantos renglones para detectar una técnica genial y una capacidad intuitiva para penetrar en las capas de la realidad.

Alice Munro, la Chéjov canadiense/ Foto: kebooks.com

Alice Munro, la Chéjov canadiense/ Foto: kebooks.com

Todo lo expresable, al ser filtrado por los sentidos, vive conectado al ser humano. Efectivamente, la objetividad sería posible en un laboratorio, pero el periodista se enfrenta a la vida. Las descripciones de lugares privados, por ejemplo, no pueden desvincularse de sus habitantes. El profesional las rastrea huellas humanas de cada objeto. Alice Munro adivina en la decoración, la suspensión de la preocupación estética en una enferma de cáncer; enseña cómo el tumor devora psicológicamente a la paciente.

“Neal colgó unas cortinas pesadas, desechos de la sala familiar de un amigo. Tenían un motivo de jarras de cerveza y arreos de caballo y a Jinny (recién diagnosticada de cáncer) le parecieron horribles. Pero entonces sabía que, llegado el momento, lo feo y lo hermoso eran más o menos de la misma utilidad cuando cualquier cosa que se mira es apenas un gancho donde colgar las sensaciones rebeldes del cuerpo y los retazos de la mente”.

Los cronistas recopilan gran parte de su material a través de la observación y análisis de los comportamientos. Intentan desentrañar los temperamentos, las narrativas o las ideas que componen la identidad de los personajes de sus artículos. Muchas veces, las micro-expresiones orientan esa búsqueda. Incluso una simple exposición de las mismas dota de carnalidad a los protagonistas.

“Y cuando mi madre decía con cierto tono que algo no le gustaba, no parecía hacer una confesión de irracionalidad sino abrevar en una inaccesible, casi sagrada, fuente de sabiduría… apelaba a aquel tono, y lo acompañaba de aquella expresión, como si estuviera oyendo voces interiores”.

Además, como sabemos, el rostro es un mapa fiable para explorar en un individuo. La autora de Demasiada felicidad enlaza el carácter del personaje a sus oscilaciones físicas.

“los de Alfrida (los dientes) eran insólitos por su individualidad, su clara separación y su gran tamaño. Cuando Alfrida lanzaba alguna agudeza especial, deliberadamente licenciosa, parecían adelantarse como guardias de palacio, como joviales arqueros”.

Fragmento del cuento 'Puente flotante' de Alice Munro.

Fragmento del cuento ‘Puente flotante’ de Alice Munro.

O:

“Nunca había sido la estructura ósea la que daba a ese rostro su carácter fiero y vivaz; todo se concentraba en los profundos ojos brillantes, la boca movediza y la facilidad de expresión, ese cambiante despliegue de surcos que efectuaba su repertorio de burla, descreimiento, paciencia irónica, disgusto sufrido”.

Estos retazos muestran una técnica madura y una capacidad incisiva muy útiles para abordar uno de los grandes géneros del periodismo narrativo: el perfil.

Los cuentos de Munro, al igual que los de Antón Chéjov, beben en la experiencia vital más íntima. No van a la caza de grandes tramas ni aventuras, extraen su materia prima de sucesos cotidianos y, en apariencia, poco rentables literariamente. Así, la maestra de Ontario, disecciona una reunión familiar en un pueblo de Canadá. Los detalles que decide plasmar en el texto revelan un aislamiento, una cerrazón endogámica. El lector se sorprende y descubre que el comportamiento de estas familias de la Norte América profunda se asemeja al de los municipios más deshabitados de La Mancha. Su ojo clínico expone un patrón universal.

“Hablaban de sus propias digestiones, de cómo les funcionaban los riñones y los nervios. No parecía que mencionar cuestiones corporales íntimas estuviese fuera de lugar o fuese tan sospechoso como hablar de algo leído en una revista o de un tema de actualidad; en cierto modo se consideraba impropio prestar atención a cualquier cosa no muy cercana”.

Igualmente, Munro radiografía los silencios, encuentra sus porqués, exprime su potencia expresiva. Consigue retratar un temperamento autoritario con un fabuloso ejemplo del axioma “no lo digas, cuéntalo”.

“Ya al oír los pasos (de su marido) la señora Vorguilla nos había prevenido con una sonrisa… La puerta del armario abriéndose, el chorro del grifo, el ruido del vaso en la encimera eran una serie de explosiones menores. Como si el señor Vorguilla retara a quien fuese a respirar mientras él estaba allí”.

La lectura de páginas como las de Munro es el único antídoto para que internet y sus ríos de actualidad esquizofrénica no acaben aniquilando la belleza de este trabajo.
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