Las víctimas de las tragedias huyen de los periodistas (el accidente de ‘Germanwings’ y la prensa)

¿Es necesario que las víctimas de un accidente aéreo, personas derrumbadas y noqueadas por la pérdida, deban correr por el aeropuerto de El Prat tapándose las caras, engullendo lágrimas o torciendo la cara para esquivar la pupila de las cámaras?

El avión, un AirBus 320, se desintegra en los Alpes. Los programas radiofónicos interrumpen la programación para avanzar algunos datos preocupantes. Poco a poco, la noticia engorda y fagocita el contenido previsto. También los hashtags relacionados escalan posiciones hasta auparse a los primeros puestos. Cosa lógica y normal, la inmediatez y la capacidad de despliegue son virtudes del siglo XXI.

La cosa se desvirtúa pronto. Estalla en todos los canales de comunicación el fenómeno de la caza de ‘últimas horas’ o ‘exclusivas’. La ansiedad informativa picotea el lomo de los moderadores, hay un pánico al vacío y a la ausencia de datos. Sin embargo, las gestiones en torno a una catástrofe de esta envergadura progresan lentamente; prevalece la precaución entre los responsables. El desajuste de ritmos es brutal…

Los familiares intentan evitar el foco de las cámaras al llegar a El Prat/ AFP PHOTO: LLUIS GENE

Los familiares intentan evitar el foco de las cámaras al llegar a El Prat/ AFP PHOTO: LLUIS GENE

Aquí arrancan los problemas: por todas partes expertos de una y otra rama descuelgan teléfonos y responden a los periodistas. Son duchos en su materia, conocen mejor que nadie, por ejemplo, los entresijos del oficio de piloto. No obstante, la realidad es otra: saben tan poco como todos del accidente y lo único que pueden hacer, tras mucha insistencia, es lanzar algunas posibilidades que no son más que especulaciones revestidas de autoridad.

Para parchear huecos, los enviados especiales recitan varias veces la misma ‘última hora’, en la mayoría de ocasiones la única novedad es un ‘aquí seguimos’. Se escruta igualmente el torrente de opiniones vertidas por el público. Y entran los bulos y las figuraciones a caballo. En este punto incidió ayer en La Ventana la periodista especializada en desarticular bulos por internet, María Luisa Moreo: aclaró que parte de la culpa corresponde a los medios.

Sin respeto a las víctimas
Lo más grave del asunto, lo que roza la falta de ética, ocurre en El Prat. Las cámaras acampan estratégicamente para ver el desfile de familiares desconcertados y acosados por la incertidumbre y el terror. Los objetivos se ajustan, indagan, buscan ese carraspeo o ese llanto incipiente que sirva de testimonio de la conmoción.

Más tarde, se activa un impulso poético. Algún telediario abre con imágenes de los trozos del AirBus 320 y con música lenta, de cuerda frotada; vemos planos cinematográficos, incluso preciosos desenfoques, hasta las lentes se empañan con el desaliento. En la mañana siguiente, igual que ocurrió con el descarrilamiento del tren de Santiago, los magazines matinales añadían más música lamentosa, más instrumentos suaves colándose entre las caras tristes de los contertulios y el atrezzo. Entonces se repiten las mismas secuencias, los mismos planos del accidente, las mismas víctimas destrozadas que corren en busca de noticias, casi en bucle, como si hubieran quedado encerradas para siempre en ese infierno de pánico y desconcierto.

Tengo claro que no hay mala intención en todo esto, no voy a decir que se luche por el share a toda costa, no lo creo, me niego a creerlo. Pero el resultado, a veces, es lamentable. ¿Realmente estas coberturas tienen en cuenta la pena de las víctimas? ¿Y si uno de los familiares enciende el televisor y ve su cara presa de la angustia reproduciéndose sin freno en la esquina de la pantalla?

No es un insulto a nadie, y menos a los afectados, decir que los medios emiten una información ‘empatizada’ cuyo objetivo parece ser ayudar a la audiencia ilesa a participar en el dolor de la tragedia, a que todos nos sintamos integrados en la tristeza nacional. Los familiares sufren sin músicas, su congoja los hostiga sin armonías, no quieren sentirse protagonistas del duelo colectivo.

Hay que informar del sufrimiento de las víctimas, por supuesto, y el periodismo cuenta con muchísimos recursos para hacerlo. No es difícil. Las imágenes hieren porque identifican al personaje y no protegen su derecho al duelo íntimo. Tenemos otras armas y sabemos utilizarlas: la más preciada y esencial es la palabra. No hay más que ver cómo los enviados especiales describen el dolor de los rostros de los familiares. ¿Por qué no dejarlo ahí? El anonimato se mantendría, el respeto a la dignidad sería efectivo. El lenguaje bien manejado, espulgado de tópicos, iría directo a la conciencia y la sensibilidad del espectador.

Alguien refutará el argumento diciendo que se perdería información, intensidad o calidad. Este blog promueve el periodismo narrativo y, como tal, no aboga por una información enunciativa y taquigráfica. Hay que retratar las emociones humanas, sí, pero que prime el respeto frente a la actualidad psicopática, el frenetismo y el ‘exclusivismo’.

Quizás la solución (para el tratamiento de los golpeados por el suceso, no de los detalles técnicos y la investigación) sería llegar semanas más tarde. Aguardar a que digieran el impacto y la angustia, y entonces visitarlos con paciencia, con su consentimiento, rastrear sentimientos y ofrecer así un testimonio compacto, claro y humano.

Aquí viene la pregunta incómoda. ¿El valor de la angustia de las víctimas dura tan poco como un hashtag en la lista de trending topic?
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