Podemos hace mítines sin banderines

· Crónica alternativa del mitin de Podemos en Alicante el 16M · Detalles no registrados por los medios de comunicación

La mayoría de esta gente que suda por el sobaco a las cinco y cuarto de la tarde no es gente de mitin. Varios miles de personas resoplan bajo la calina a las puertas del Centro de Tecnificación de Alicante. La noticia de la afonía de Íñigo Errejón se ha propagado por las colas. La palabra ‘cambio’ salta como un mantra y activa conversaciones entre desconocidos, abre debates a los que atienden enseguida los vecinos de fila, asintiendo muy visiblemente, buscando a la vez los ojos de otros oyentes. Hay sonrisas infantiles.

Cientos de personas se tuestan al sol para entrar al mitin de Podemos en Alicante/ Fotos: Esteban Ordóñez

Cientos de personas se tuestan al sol para entrar al mitin de Podemos en Alicante/ Fotos: Esteban Ordóñez

A los mitineros se les identifica por su destreza, por sus saludos de punta a punta y por vivir al borde del aplauso. Aparece un joven con la pancarta morada del círculo de su pueblo, camina, lucha por extenderla al ver la marea humana y grita: “¡Sí se puede!”. Los mitineros se suman rápidamente al chaval y corean hasta exaltar a todos. No abundan los símbolos podemitas. Las camisetas moradas son minoría. También circulan algunas camisetas naranjas de los activistas en defensa de la protección de la dependencia o rojas de Guanyar Alacant. Abren las puertas. Avanzan lentamente barrigas blandamente dignas, polos de cuello deformado, camisas brillosas, chanclas, barbas como setos volcados, gafas de pasta, gafas de alambre, rastas, caras de siesta, alisados japoneses, un Camarón de oro, incluso bíceps con gomina… Debe ser eso la ‘transversalidad’, los políticos destrozan las cosas bellas con unas palabras terribles. En el interior un guitarrista ameniza la espera. Se arranca con ‘Al vent’ de Raimon. Un señor corta su conversación y mira al frente. Se adelanta a la letra y canturrea: “Buscant la llum, buscant la pau”. Se enorgullece cuando el intérprete confirma el verso. A la media hora de retraso, un grupo de enchalecados de la organización se agarra las manos y compone un pasillo en una de las esquinas de la cancha. “Ya sale, ya sale”. Se extiende una plaga de móviles y cámaras, los espectadores corren, se agolpan en los pasillos más bajos de las gradas. Sale Pablo Iglesias saludando lentamente, su mano sucede en un plano temporal distinto al de los fotógrafos que se abalanzan y chocan objetivos, subiéndose unos a otros, locos por conseguir la misma foto irrelevante. Oigo gritos femeninos, úes agudísimas. Iglesias hablará en quinto lugar. El escenario es una tarima negra con un aura sucia de verbena, parece que un faldón de felpa o moqueta gris esconde las tripas de la estructura. Llum Quiñonero abre el acto con un abrigo amarillísimo. Se niega en rotundo a que los bancales de naranjos se conviertan en estercoleros. Lanza al aire el epitafio de la poeta Lucía Sanchez: “¿Es verdad que la esperanza ha muerto?”. Antes de que el Secretario General ponga al auditorio cantar la marcha imperial de Star Wars, Ángela Ballester saca a la palestra el IBEX-35. Rafael Mayoral da las gracias a los que llegan indecisos. No habla de Podemos, sino de aquellos de los que tiene que aprender Podemos: activistas en defensa de la Sanidad y la Educación, gente de la PAH, trabajadores de Coca Cola y Canal 9. Estalla un ‘Sí se puede’ atronador y Rafael se encana, (imagino salivazos en el atril), lee un artículo legal que obliga a la protección de las necesidades básicas del ciudadano y levanta el brazo: “¡Esto es la Declaración Universal de los Derechos Humanos!”. Al público le exalta que haya papeles a su favor. Para muchos es la primera noticia. Irene Montero sale y define al ‘enemigo’, lo cierto es que hoy no dice grandes cosas, sin embargo recuerda a García Márquez: “La ilusión no se come, pero sí alimenta”. Continuamente se despliega el imaginario del lujo, de los coches oficiales y los vuelos privados y los yates, para confirmar la línea divisoria de las clases.

Pablo Iglesias entra en el Centro de Tecnificación de Alicante/ Foto: Esteban Ordóñez

Pablo Iglesias entra en el Centro de Tecnificación de Alicante/ Foto: Esteban Ordóñez

A veces, se confunden varios cánticos y algunos no atinan con la letra, captan una palabra y se entregan, pero se confunden de nuevo y acaban tarareando. Una señora se ha obsesionado con comenzar una ola de ‘sí se puede’, pero no lo logra. Cada cinco minutos grita, “sí se puede”, insiste unas tres o cuatro veces, y regresa gradualmente al silencio. Los oradores insisten mucho en la falta de recursos y empujan a la gente a que hable del cambio en los bares y los supermercados; promueven una visión de la política rudimentaria, física, de comunidad. Entonces le toca a Pablo y el estadio retumba. Sube a la carrera, abraza a Irene, da una vuelta por el ruedo. Se apoya en el atril, va a hablar, pero el público empieza a corear: “Tic-Tac-Tic-Tac-Tic-Tac”. No hay gran cartelería, apenas un par de pancartas cuelgan en la grada posterior, marginadas a un lado. Las dos o tres restantes que se esparcen por el estadio son identificativas del Círculo de Playas, el de Sanidad o el de Alfás del Pi. Nadie ha repartido banderitas del partido. No hay ese efecto de cohesión cromática, de enarbolamiento ideológico en plástico tan típico de estas ceremonias. Apenas una decena de globitos morados rebotan ahora por una de las gradas. “Tic-Tac-Tic…”. El Secretario General sonríe, retrocede unos pasos, piernas separadas, brazos en jarra: un híbrido de Trotski y el Potro de Vallecas. “Efectivamente, ha comenzado la cuenta atrás para el Gobierno”. Lee una carta en la que el número dos, Errejón, se disculpa por su ausencia. Luego lanza el reto de un debate a Mariano Rajoy: “Estoy esperándote”. Pronto se entrega a desarticular los argumentos de aquellos que los acusan de vivir al margen de la realidad. Traza el mapa de una verdad azotada y caliente: parados, exiliados, enfermos de hepatitis, desahuciados… De repente, menciona a José María Aznar y el público silba como pólvora. “Parece una caricatura de Darth Vader, me viene a la cabeza la marcha imperial”, y se arranca a cantar “tan-tan-tan-tatantantatá”, y los espectadores secundan la melodía con el descojone en la boca. Luego recuerda a Sonia Castedo y otra vez se tararea en la cancha la marcha imperial, y él hace un gesto breve que enseguida contiene, la imitación de un director de orquesta. Pronto el discurso recupera la dureza, golpea a Ciudadanos, “que no venga la casta disfrazada de naranja, el cambio es de color morado”. La mujer del “Sí se puede” lo intenta de nuevo. Vuelve a fallar. Iglesias relata la famosa fábula de gatos y ratones del socialdemócrata canadiense Thomas C. Douglas. Describe las políticas de los gatos rojos y azules, y los naranjas, que gobiernan a los ratones, todas encaminadas de forma más o menos engañosa a que los felinos zarpeen cómodamente a los roedores. P1050754 Reclama raíces democráticas, que no gobierne quien no se presenta a las elecciones como constructor Enrique Ortiz. “Cuando un banco perdona deudas a un partido político, ¿creéis que hacen algo gratis? Claro que no, están invirtiendo”. Se retrae al 82 para hablar de las ilusiones rotas y apelar al voto de los “socialdemócratas de corazón“, los que se quedaron sin modelo con la Tercera Vía de Tony Blair: “Han desocupado la socialdemocracia”. Al terminar, anima a cada uno de los “miles de ratones” presentes a convencer a cinco indecisos. Los aplausos caen a bocajarro. Es el turno de Antonio Montiel, candidato a la presidencia de la Comunidad Valenciana, no obstante, decenas de personas empiezan a retirarse, algunos corren. Montiel recuerda su despertar político y asegura que volverá a luchar por la democracia como entonces. En el recinto de prensa, los periodistas desmontan cámaras y trípodes: sólo quedan tres en pie. El candidato define las víctimas del desprecio: trabajadores de Canal 9, víctimas del metro, preferentistas, dependientes… Reincide en la idea de Iglesias: “El cambio es ahora, no será como el 82, que nos dejó huérfano”. También reclama la necesidad de hacer política con los ojos de las mujeres. Asegura que el activista es incorruptible por estar curtido en la injusticia y promete la creación de un escaño número 100 para que lo ocupe la ciudadanía. Es en ese momento cuando la obsesa del “sí se puede” desencadena por fin una marea de voces. La fuga de espectadores se ha detenido, no es tan grave como aparentaba. Esto se acaba. Mi amigo Juan me ve anotar detalles tontos y dice: “Tío, pon que los pájaros de fuera no dejan de cantar”. Es verdad, esta tarde no hay quien calle a los gorriones. casillafacebook

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