Los alicantinos van al Postiguet para no mirar los Fuegos

·”De repente, cuando la primera palmera de colores se abre en el cielo, se activan cientos de pantallas. La gente levanta sus móviles. Observan el espectáculo a través de la pantalla, se olvidan del cielo, se aplican en mantener el encuadre”

Cientos de personas viven los fuegos artificiales a través de la pantalla de su móvil/ Foto: Manjar de Hormiga

Se acercan las doce de la noche. Ríos de vecinos descienden los barrios altos. Caen hileras de gente desde Campoamor, Carolinas, La Florida o Benalúa y se apelotonan a la altura de la Rambla, la calle que nos tima, que afloja nuestras billeteras fascinadas con helados italianos artesanos como si Alicante no fuera cuna de lo mismo. En fin. Se ralentiza el paso en La Explanada, aquí da gusto perderse, es bella sin paliativos. Pocos revisan el reloj. Varios chinos lanzan al aire una especie de muñecos luminosos que entusiasman a los críos. Caricaturas, arte. Mujeres que trenzan pelos payos bajo las palmeras con unos dedos puros y marrones como tierra fértil. El Peret. El semáforo, la policía gestionando la avalancha. El casino al fondo como una cagada vestida de luces, desecada, desprovista de peste, pero blanda por dentro.

Suena el silbato, vamos pegadísimos, aspiramos sobacos, caspas, pero también pieles dulces que nublan los sentidos, cremas de melocotón, clavículas cítricas ilocalizables como espectros. Pronto olfateamos la masa de los churros y los gofres y el aceite de las hamburguesas y el tomate fileteado. Las vendedoras gritan, son simpáticas, hacen reír a los que pasan de largo: “¡Estoy aquí, hola, estoy aquí! Venga, hasta el año que viene”, dice una levantando los brazos.

Es sábado. Nunca he visto tanta gente. ¿O sí? No sé, cada año pienso lo mismo. Apenas sobran huecos en la arena. Hay que intuir las rocas del Meliá. En el mar esperan los barcos caros: animales imperturbables carentes de ojos y orejas como sus dueños, pero sin zapatos náuticos. En la playa se ven todos los episodios de la vida. Uno ha asistido los fuegos con la boca abierta de infancia; sobre los pies nerviosos de la pubertad; con las litronas y el vodka de tres euros bajo la toalla y una hamburguesa a medias; con la novia contra el pecho o bajo el cansancio del trabajo, entre bostezos como hoy, casi obligado por uno mismo porque la ciudad espera algo de nosotros. Al menos eso nos gusta creer.

Los alicantinos atestan el Postiguet para asistir al espectáculo de fuegos artificiales/ Foto: Manjar de Hormiga

Los alicantinos atestan el Postiguet para asistir al espectáculo de fuegos artificiales/ Foto: Manjar de Hormiga

Estalla el último aviso. De repente, cuando la primera palmera de colores se abre en el cielo, se activan cientos de pantallas. La gente levanta sus móviles. No toman una o dos fotografías para el recuerdo, para atesorarlas o enviarlas luego a un familiar ausente (a estos se les distingue a la perfección). Observan el espectáculo a través de la pantalla, se olvidan del cielo, se aplican en mantener el encuadre. Se escuchan disparadores, chasquidos. Un hombre trastea las opciones de la cámara, prueba las fotos rápidas, en cascada, agacha la cabeza, no le gustan, toquetea. Otros dejan prendido el vídeo, desconcentran la mirada y se empanan. Unos novios, cada uno con su esmarfon, han hecho un par de fotos al principio y automáticamente han bajado la cara y se han puesto a escribir, supongo que compartiendo la imagen, publicando lo que están disfrutando, hablando en hashtag. Olvidan los fuegos, se olvidan el uno del otro, sonríen a la luz con la barbilla clavada en el pecho. De vez en cuando parece que perciben de soslayo algún reflejo de color y se dan cuenta de dónde están: capturan otra imagen y de nuevo se recluyen. Detrás de mí, un par de adolescentes hablan de píxeles, de Facebook, de tamaños, “a ver trae”, se arrebatan el teléfono y pronuncian Instagram como los guiris, con una ‘r’ resbaladiza. Una chiquilla de tres o cuatro años aplaude y alucina con las explosiones y los haces y los rojos y los azules: “Yaya, mira, uy”, pero la yaya le devuelve una sonrisa ladeada por compromiso, la yaya ataca al móvil con el dedo índice, hay algo que no consigue, no desistirá hasta minutos después del final. Otros niños, algo más mayores, abducidos ya, le piden al padre que les permita grabar a ellos.

Son muchos, pero no todos.

Afortunadamente, los hay que aún se dan cuenta de la belleza de las luces surcando los bloques del Rabal Roig, reflejándose, temblorosas, como si los edificios se compusieran de un agua mágica y vertical. Muchos aman el salitre. Hay novios que se miran porque una palmera ardiendo los emociona, porque ven en ella un símbolo que no consiguen explicar, y deciden besarse lentamente. Hay niñas que dicen “papá, papá, ¿a que son tan altos como la luna? Y el padre se enternece, la acomoda entre sus piernas y le acaricia el pelo. La niña, ya para sí, repite flojito, “son como la luna”, orgullosa del éxito de su expresión.

Aún los hay que creen que la vida real no transcurre en una pantalla LCD, los hay que no confunden el amarillo hepático de los emoticonos con la piel tibia y erizada. Todavía hay gente que no filtra la vida; gente, en realidad, como todos podríamos volver a ser.

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