A la lluvia le encanta burlarse de los alicantinos

Hoy el alicantino ha subido la persiana, ha mirado el espesor gris del cielo con los ojos hinchados y sudados como almejas y se ha llenado de esperanza. Por fin iba a llover, ché.

Lo normal es que el alicantino escrute las nubes con un reojo de desconfianza, más o menos como si observara las manos de un trilero, sabiendo que tarde o temprano acabará timándole. Además, ayer a última hora de la tarde, cayeron unas cuantas gotas que no llegaron a nada. En esos minutos yo me arrastraba por los embalsillos de la universidad y me reía de la torpeza primitiva de los patos, gansos, tortugas y carpas. Me reía con pereza, no está el clima como para reírse a carcajadas, calla, calla, que acabas sudando el doble y resollando. El caso es que llovió de pronto, y un par de niños que habían ido con sus abuelos a dar de comer a las aves se emocionaron y pizcaron con urgencia los trozos de pan y salieron corriendo a refugiarse, ilusionados, con cara de aventureros. El goteo duró cinco minutos y los chiquillos regresaron en busca de los trozos de pan que repartieron por el suelo. Vaya decepción: los patos habían cazado cada pedazo y escapado al agua. De repente, las aves culonas y desgraciadas se arrancaron a corear, cuá, cuá, cuá, de una esquina a otra de la charca, cuá, cuá, entre los árboles, sobre las piedras. Sin duda, se reían de nosotros, nadaban por el agua verdi-rancia, cuá, cuá, cuá, y se burlaban de esos humanos sin aliento y de la boca tonta de alivio que se nos puso a todos cuando chispeó.

Foto: Adriano Agulló. Visita sus trabajos: https://www.flickr.com/photos/lost__in__spain/

Foto: Adriano Agulló. Visita sus trabajos: https://www.flickr.com/photos/lost__in__spain/

Como digo, lo habitual, después de tantos desengaños, es que el alicantino no se fíe del cielo. Sin embargo, en julios insufribles como este, perdemos la dignidad y la suspicacia. Todas las bocas resoplan por la calle, los que engullen limones granizados y horchatas bajo las pérgolas lo hacen con ademanes de refugiados de guerra; mastican fartons o barquillos con el aire sufridor de perros de ciego del siglo pasado.

Suda la espalda, sudan las mejillas, sudan las orejas, y los codos, y los párpados, sudan los asientos de las motos y los pomos de las puertas, suda la mano de tu novia, el pensamiento va lento, trajinando litros de sudor con las neuronas.

Se ve cada vez más carne por las calles, muslámenes (como diría Umbral), las ropas de los dos sexos se acortan hasta casi extinguirse. Incluso a los chanclis-canis de mi barrio, que llevan sin camiseta desde mediados de marzo, se les han quitado las ganas de andar como rafamoras y van cabizbajos y cansados. Relajan tanto sus bamboleos que, a veces, da la impresión de que sacaron el graduado escolar.

Hay más carne, sí, pero el atractivo desaparece al encontrar los rostros deshidratados o los soplidos de desesperación; la elegancia se esfuma cuando nos rascamos en lugares impúdicos o intentamos desadherir no sé qué prendas interiores. De hecho, hay una tregua entre ambos sexos: en las calles que más arden nadie mira a nadie, es un acto espontáneo de respeto y comprensión. No es broma. Todos caminamos por la ciudad y arrugamos la boca como si intuyéramos nuestro propio tufo antes de empezar a oler, y sería muy humillante que se pensara que somos así todo el año.

Luego hay otros que están todo el día en la playa, pero de esos no hablo por envidia, porque son consecuentes con el clima y lo disfrutan. Sin embargo, el alicantino sin vacaciones está de mal humor, sufre en la garganta un cúmulo de freón del aire acondicionado y se constipa.

Esta mañana hemos alzado las persianas y a mitad de desayuno hemos oído un diluvio apretado. Corremos a la ventana, sacamos la mano a la intemperie. Qué gusto. Los coches se mojaban y trazaban estelas de espuma en la calzada. “¡Así refrescará un poco!”, hasta hemos sonreído y abierto de par en par todas las cristaleras de la casa. No obstante, ya lo sabéis, en poco más de un cuarto de hora el sol ya asomaba el cogote.

Seguro que, en el estanque de la universidad, los patos, libres, ociosos y rodeados de pan prestado, se están descojonando de nosotros. Seguro, pongo la mano en el suelo y no me quemo.

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