Tres vidas cuando agosto cierra

instrucciones para amar a tu ciudad

VEINTE MINUTOS DE AMOR ADOLESCENTE
Aún no se maquilla. Permanecen embarradas las paredes de su vaso vacío, seguramente será el rastro de un batido. Igualmente, se escuda en el recipiente y finge beber o remover los posos cuando él le habla más lento. Porque el chico se atreve a veces a modular más susurrado. Sus voces no están formadas, y menos la de ella: suena incontrolada, sin uniformidad, con el mismo desorden con que chorrearía el agua en una botella agujereada. Le devora los ojos, aunque a la pobre le queman las pupilas y enseguida los agacha y los guarda en el sobrecito de azúcar con que sus manos juguetean.

Él es tímido también, aunque lo envalentona la mirada de ella. Se le nota inexperto en su posición de hombre, de la misma forma se le tropieza alguna frase o le asalta algún desafine y da la impresión de que se quedará en silencio para siempre. No obstante, ella lo encumbra de nuevo, esta vez con la lisura alegre de sus dientes. En esos remansos de inseguridad, de alguna forma, llegan a tocarse.

No se han besado todavía, es evidente. Charlan sobre películas de terror. A ella le dan pánico, a él le gusta que le den pánico y ella lo nota y acentúa su debilidad y hasta se encoge en la silla. La joven se atreve: “Imagínate ver una peli de esas solo en casa, a oscuras… Calla, calla, uff”.

– Yo te acompañaría, no te preocupes- sentencia él.

La niña suspira. Le tiembla el labio superior, y le tiembla la mano con que oculta el labio que le tiembla.

Por fin callan.

En 'Manjar de Hormiga' hay crónicas de todas las zonas de Alicante

En ‘Manjar de Hormiga’ hay crónicas de todas las zonas de Alicante

EL PEATÓN CAPAZ DE CONGELAR LOS COCHES
Delgado y sólido como un hilo de cobre, atraviesa la Gran Vía con los semáforos en rojo. No revisa el tráfico antes de penetrar en la calzada y mantiene el ritmo de pateo que traía por la acera. La suerte ha despejado el primer carril, pero un Renault se acerca por el último. Él mira al frente, no se preocupa. En la acera, un señor levanta la mano del bastón y se tapa la boca. Por suerte el coche pasa primero. Pensamos que, a pesar de su aspecto obcecado, lo tenía previsto. Sin embargo, supera la mediana y de nuevo se interna en la carretera. Esta vez, su cuerpo sí se interpone en la trayectoria de un vehículo. El gallato tirita, los párpados seniles se cierran, no quieren ver estallar un cuerpo.

Un derrape y bandada de cláxones abren de nuevo los ojos del anciano. El coche se ha detenido a tiempo, y el conductor, en lugar de bajar la ventanilla y acordarse de la madre del peatón de cobre, se queda como paralizado: espera a que cruce y reanuda lentamente la marcha. No ha detonado un ápice de pavor en su cuerpo, no se detecta un gramo de instinto de supervivencia.

Se ha producido un extraño bautismo, un renacimiento de la figura raquítica a la vista de los otros. El miedo a su muerte ha mutado; ahora hay pánico a su permanencia en el mundo. De qué será capaz un ser así, inconsciente de la fragilidad de sus huesos, o lo que es peor, un ser que conoce su vulnerabilidad y no le concede valor. Hay casi un sentimiento de sorpresa cada vez que pasa cerca de un transeúnte y no le parte la cara. Necesitamos que haga un solo gesto que certifique su demencia y nos tranquilice.

EDELWEISS
Una tetería. Desde las paredes, los dioses hindúes ven con estupor la blancura de las manos, la técnica fallida de hilar el chorro de té sobre los vasos dorados y el vapor desperdigándose. Dos parejas conversan. Una de las chicas parirá dentro de un tiempo y confiesa que se ha decantado por llamar Edelweiss a su criatura. Su amiga lo aprueba, lo pronuncia en voz alta y celebra la elección. Durante unos minutos, analizan los problemas que pueden plantear desde el registro.

Poco después, la pareja de la chica que no está embarazada se manifiesta. Como si la frase no saliera de su boca deja caer que a él le gustaría ponerle su propio nombre a un futuro niño.

– Sí- interrumpe su novia- no le pongo yo Jorge a mi hijo ni loca- le empotra una mirada correctiva, moteada de asco.

Ha pronunciado ‘YO’ y ‘MI’ con toda la palma de la lengua.

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