De cómo una mujer enloquece por perder una plaza de aparcamiento

· Aunque sólo conozca de ella un par de mechones que sobresalen del reposa-cabezas, ese otro ser humano no solo le desea la muerte, sino que disfrutaría estrangulándola con sus propios dedos y lagrimearía de placer y desahogo al ver su cara azulándose al borde de la extinción.
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A las 10 de la noche, Ana** sale del trabajo y camina hacia su coche por el párking del centro comercial Plaza Mar 2. Su gente la espera en casa de su cuñado para cenar. Pedirán chino. Ana fantasea con tallarines fritos tres delicias y picotea una hebra corpulenta de pollo al limón. Saborea el vacío.

Arranca el vehículo.

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Una treintañera busca estacionamiento por los alrededores de la Plaza Mayor de San Vicente. Ojos tropezones y cuerpo fibroso de liebre sin pellejo. Interroga los flancos de la calzada, la desesperación le agota la mandíbula y el esófago. Carga un moño graso y concentrado como un esfínter y, cuando descubre que ha confundido un vado con un hueco, joder, su rostro se asemeja al moño, se contrae, se arruga y luego, tras una convulsión de músculos, expulsa un bufido caliente.

La única explicación para su violencia es que la desquiciada va asumiendo certezas inapelables, conspiraciones que le pisotean el orgullo y meten en su estómago una pelota de infamia que va agrandándose hasta copar sus nervios. El Ayuntamiento tuvo la desfachatez de conceder las licencias de vado con el objetivo de joderle a ella la vida. La gente ha salido a la calle con sus coches a cenar y a vivir para tocarle los cojones.

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Ana se acerca. Maneja con calma. No se le ocurre que en los alrededores de la casa de su cuñado es muy complicado aparcar. Nunca se acuerda de esas cosas.

Hay algo que no capta mientras se enamora de ese vasito futuro en que mezclará un culín de cerveza con un gran chorro de ‘Sprite’ helado: Ana no percibe que ha dejado de ser Ana para convertirse en un ser despreciable que mueve hilos, desde la distancia y la imposibilidad, para burlarse y aguijonear la dignidad de una joven con unas cejas de lombriz, negrísimas, excesivamente depiladas.

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La conductora rabiosa condena y aniquila mentalmente a los desgraciados que aparcan sin conciencia y dejan huecos insuficientes, coño, con fácil que sería pegar el morro al de delante. Joder. De repente, columbra un intermitente a varias decenas de metros. Por fin. Señaliza la maniobra prematuramente: es suyo, el sitio le pertenece, se lo merece, es suyo. Hunde el acelerador. Alguien podría colarse por las calles laterales. Acelera. Es suyo, es suyo.

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Una vez en la zona, Ana recuerda la dificultad de estacionar, practica una primera ronda de reconocimiento: no alberga esperanzas. Gira a la derecha, completa la recta: nada, todo ocupado. Enseguida voltea a la izquierda y, ante su sorpresa, una furgoneta está abandonando su estacionamiento. La chica se deja bañar por una de esas sencillas alegrías cotidianas y sonríe. Activa el intermitente. Cuando el anterior inquilino se incorpora a la circulación, ella posiciona el vehículo en paralelo y activa la marcha atrás. Es entonces cuando detecta que la conductora de detrás está a punto de encularla. Oye un claxon descerebrado y neumático, da la impresión de que golpean el pulsador a cabezazos. No entiende nada. Examina su alrededor, comprueba que no ha incurrido en ninguna infracción. Prorrumpen gritos aguidísimos, iguales a los falsetes que emitiría una imitadora cerillera de Rocío Jurado. Ana baja la ventanilla. ¿Por qué no retrocede? Pasa una moto y la mira con ironía y compasión. Los parroquianos de un par de bares se asoman a la acera con el morro torcido y un vaso a medias en la mano.

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La foto no corresponde al lugar de los hechos/ Foto: Manjar de Hormiga

La foto no corresponde al lugar de los hechos/ Foto: Manjar de Hormiga

Es suyo, es suyo, lleva minutos buscando hueco, ha perdido horas de su vida para encontrarlo, ha gastado días, ha vagado durante años por las calles y ahora una indeseable le arrebata su derecho sagrado. Es suyo, ella lo ha visto antes, incluso ha puesto el intermitente. Martillea la bocina, insulta, pero la tía no se mueve. Para chula ella, pa’ chulo mi coño.

Su coche es una encarnación de su identidad y configura, además, una cápsula de chapa que la protege y le permite ejecutar su sadismo y propagar la masa de su odio. El hueco es suyo. Un matrimonio pasa por la zona. El hombre comprende lo que sucede, lo ha visto todo, analiza la cara de perplejidad de Ana, se compadece y se encara con la liebre histérica. La pone de vuelta y media y la amenaza con avisar a la policía. Ahí sí, la tía, a pesar de sus jadeos de pus, encaja la marcha atrás y retrocede. Sabe que no tiene razón legal, por eso cede; pero no se apea de su cerrilismo y sigue considerándose depositaria de un derecho universal que trasciende las normas viales y que la compensa por no sé qué azotes de la vida: azotes semejantes a este, absurdos y cocidos por ella misma, que la arrinconan en un victimismo cómodo, autocompasivo y feroz. Hay vidas como pescadillas de ira que se dentellean el culo y se duelen y se vengan del dolor mordiéndose más fuerte.

La señora estira de la camisa de su marido: “Vámonos, déjalo, vamos, muchacho”.

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Ana encaja el coche. La jauría crece: ahora, en la acera de enfrente, se suman dos fieras que gesticulan y se desgañitan insultándola desde sus caras terrosas y blandas como tubérculos pochos. Serán familiares de la agraviada. Ana tiene miedo de salir, sin embargo, no consentirá que le impongan su lógica. De este modo, cuando la neurótica motorizada se coloca a su lado con la ventanilla bajada y le chilla, ella combina en sus pupilas unos gramos de calma, desinterés y conmiseración y casi susurra: “No entiendo qué pasa, de verdad”.

La otra desparrama todas sus espuertas de razón, va a quebrársele la voz: “¡Cómo que qué pasa, inútil, que iba yo, que venía con el intermitente encendío desde atrás, ostias, y has aparecío tú de la nada y me lo has quitao!”.

“¿De la nada?-mantiene su voz desapasionada-. Yo he entrado por esa calle, incluso he cedido el paso, no venía nadie cerca, y el señor se estaba yendo y he puesto el intermitente. ¿Cómo voy a saber yo que tú venías desde tan lejos?”.

Son tantas las ofensas que le arroja que no consigue retenerlas y siente un impulso académico de ordenarlas una a una. Antes de llamarla gilipollas y largarse, la chófer visceral infla los globos oculares y Ana comprende que aunque sólo conozca de ella un par de mechones que sobresalían del reposa-cabezas y ahora media cara tapada por la sombra, ese otro ser humano no solo le desea la muerte, sino que disfrutaría estrangulándola con sus propios dedos y lagrimearía de placer y desahogo al ver su cara azulándose al borde de la extinción.

Engancha el cepo al volante y agarra el bolso. Ya no imagina su clara de ‘Sprite’ ni la cebollita pochada de los tallarines. En el poco tiempo que tarda en abandonar el coche, la otra da la vuelta, se desliza de nuevo por su lado y frena: “¡La próxima vez atente a las consecuencias!”, la amenaza y mete primera, ‘clac, clar, tras’, en cualquier momento se liará a dentelladas con su propio volante.

Las dos familiares, una adolescente y una señora cincuentona, aún convulsionan en la acera:

– ¡Qué poca vergüenza!, ¡Eso no se puede hacer!

– Todavía no me he enterado de qué es lo que ha pasado.

– ¡Que le has quitado el aparcamiento, y tú sabes cómo está el aparcamiento en este barrio!- lo dicen así, como si la conocieran.

– Yo no he hecho nada raro, he girado, he visto el hueco, he señalizado…-mantiene su tono tranquilo.

– ¡Pues si ves que te está pitando, pregunta. Y encima de que le quitáis el sitio, la insultáis, viene ese señor y la insultáis!

– Disculpa, yo no he insultado a nadie.

– Bueno, a lo mejor tú no.

– A lo mejor, no… No.

Entonces, Ana decide enviarles un dardo sigiloso: “Mira, si tanto le supone, lo quito y que lo deje ella. Que no sufra por eso”, logra una tonalidad de voz perfecta, indolente y apenada, que les desactiva la ira, y como la ira es la anestesia del ridículo y el patetismo, las dos hembras se apaciguan, se quedan desconcertadas, desnudas, sin acertar a taparse las vergüenzas: “No, tranquila, déjalo. No pasa nada. Tranquila”.

Camino del portal, se topa una última vez con la tía y se prepara para recibir otro aluvión de improperios, no obstante, así, de pie y caminando, no la reconoce. De reojo, Ana se percata de la cantidad de abolladuras y desconchados que recorren el lateral de la máquina. Hay vehículos que prolongan las identidades de sus dueños.

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** Ana es un pseudónimo. La protagonista real prefirió no ser nombrada.

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