El niño que habita en los ojos de los yonquis

Este joven masticado por la droga podría reconocernos por la horma irrepetible de nuestros cogotes, si no fuera porque no le queda memoria para nimiedades. Apareció hace cinco años, procedía de esa germinación espontánea de donde vienen todos los yonquis y todos los borrachos. Brotan y ya está. Sin más.

Se movía cerca de las rotondas de Sol y Luz. Entraba a la terraza del antiguo Pan y Pasta o a la Heladería Xambit y se acercaba a las mesas; decía que acababa de llegar de Barcelona y preguntaba por algún sitio donde trabajar. Su voz era un hilo nasal y apocado, casi no se le entendía. Cuando le decías que no se te ocurría nada, hacía como que se retiraba y, luego, con una espontaneidad fingida, parecía reparar en algo, regresaba y te pedía unos pocos céntimos para comprarse un bocadillo. Todo esto lo recitaba sin pausa, de una mesa a otra, con palabras idénticas. Siempre la misma pregunta y siempre el mismo gesto repentino con el que recordaba que tenía que comer. Nunca miraba a los ojos. Si no lo escuchabas, si abiertamente le oponías tu espalda ciega, él reproducía sus frases igualmente.

O bien depositaba una confianza absoluta en ese par de oraciones, o bien le costó componerlas un esfuerzo titánico que ya no puede repetir.

Foto: ww.torange-es.com

Foto: ww.torange-es.com

Escribió Antonio Muñoz Molina, cuando era un Robinson urbano, que cada generación “a medida que envejece o se corrompe… va dejando a un lado una escoria de borrachos que son el exorcismo inconfesado de todos sus errores”. Este diablo lastimoso, este residuo de su tiempo, me contó que había decidido recalar en Alicante después de que la muerte de su madre le escurriera más aún su corazón de gorrión desplumado. Le habían dicho que Alicante era bonito. Esa fue su motivación para vagabundear por nuestras calles.

“Era bonito”, así de ingenuo y simple… Sentí que me hablaba un niño de cuatro años. Debajo de su pelo amazacotado, de su rostro picado, de la necrosis de sus dientes había un chiquillo roto. Sonrió un poquito, sus ojos titilaron al fondo de su calavera. Le dije suerte, se marchó y yo sentí esa autocomplacencia hipócrita que nos entra a veces cuando bajamos del pedestal de nuestra vida decente para hablar con los desamparados. Poco después, el azar de los contenedores de basura le procuró una mochila rosa de Minnie Mouse y se la colgó a la espalda. Entonces, cuando lo veía alejarse por la calle Cotolengo, me entretenía imaginándolo camino del colegio.

Su aspecto mejoraba o empeoraba según el día. Unas veces arrastraba su esqueleto y otras caminaba elevado por un suspiro de vitalidad imprevisto. Unas cuantas tardes apareció con el pelo engominado, muy de punta, como un puercoespín. Hubo también un anochecer en que se paseó con la ropa, la cara y las cejas goteadas de pintura blanca. Había conseguido una chapucilla. Entró al Pan y Pasta, ignoró a la gente de las mesas y se acodó en la barra con aire triunfal para pedir un bocadillo. Daban ganas de darle la enhorabuena.

La última vez, me lo crucé frente al Mercado Central de Alicante, avanzaba zaherido por la ira, gritaba y agitaba los brazos tajantemente. Los caminantes no lo observaban con piedad o indiferencia como cuando hablaba con la vocecilla sumisa, ahora lo hacían con desprecio y asco. Aullaba, rabiaba como un perro aporreado, llenando el vacío, poblando su huida hacia la nada con amenazas que no asustaban a nadie…

Alguien, no recuerdo quién, definió a la heroína como una madre instantánea. Ojalá, en la soledad del cajero automático, este huérfano se encuentre con ella, con su madre muerta en Barcelona, y consiga acurrucarse.

Escucha la versión radiofónica de esta crónica.

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