Alicante y su noche mística

No podemos olvidarnos de que hay un aura mística en la noche. Quizás nos creemos que la extinguimos al llenarla de músicas electrónicas, de luces sobre el suelo peatonal, de pulseras fosforitas y de rodillas cruzadas que trenzan un lenguaje como de vértigo y brillan en los chaflanes de la calle Castaños.

Quizás nos consideramos superiores a las fuerzas nocturnas, pero no podemos estar más equivocados. Precisamente la oscuridad, la llamada de la selva, comienza en nuestra propia casa, cuando nos arreglamos. Ejecutamos nuestro ritual de acicalamiento que no es otra cosa que conjurar el engaño. Abotonamos una camisa, cerramos un pantalón, lo cambiamos, nos corregimos el gesto en el espejo del pasillo. Ellas despliegan su instrumental sobre el lavabo y, entre otras cosas, utilizan el rímmel para coserse alas en los párpados. Algunas lo aplican con tal pericia que uno no puede mirarlas sin sentir que se le empiezan a ahuecar los huesos como a las gaviotas. Como digo, en ese ratito de armarios y cepillo de dientes tratamos de construir el ‘yo’ ideal, el ‘yo’ que reniega de los martes y de los miércoles; huimos de ese ser que soporta la sospecha de estar perdiéndose la vida. Todo esto nos ocurre indistintamente, a todos, no importa si bailaremos con un juego de caderas preciosista y una copa de balón bajo los focos del Havanna, o si rugiremos sin control entre el olor a tercios de la Stereo.

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Salimos a la noche para recuperar algo de nosotros. Y la triste verdad es que sólo lo conseguimos de uvas a peras. Igual que los fumadores persiguen en cada calada el mareillo y la rebeldía del primer o el segundo cigarro, nosotros recorremos las estrecheces del Barrio y atravesamos los callejones meados para regresar a la adolescencia. Me acuerdo de cuando me peinaba con gomina y exhibía una barba ‘archipiélaga’ como un prado mordisqueado por las vacas. Era común que bajaran por el despeñadero del Benacantil amigas tomadas del brazo, con los tobillos inexpertos desmontándose sobre los tacones, riéndose como los árboles del Portal de Elche antes de que los podaran: chiquillas estridentes y musicales. Me acuerdo. A mí me venía, de pronto, una brisa de campo, una certeza de romería y primavera, y me ponía a andar como Camarón, convencido de que las impresionaría, de que me mirarían un segundo.

En realidad, daba igual que no lo hicieran. Entonces no vivir una aventura era lo mismo que vivirla. A veces, se recuerdan mejor los labios que nunca llegamos a rozar. Lo raro es que ahora, que de verdad la pasión nos enreda las manos de madrugada, al final, cuando arrastramos a casa nuestros pómulos entumecidos de ginebra, resulta inevitable sospechar. No sé qué, solamente sospechar que hemos perdido algo por el camino.

Tal vez ese acabar desubicado e inseguro sea parte de la mística de la noche. Tened en cuenta que, a las ocho de la mañana, llegamos de un viaje muy largo. Venimos de carcajearnos a pecho roto, de amar a nuestros amigos, de palmearles la espalda con orgullo, de conversar con sinceridad, de sacarnos el corazón y ponerlo en un plato de panchitos, de animar a los tristes o dejarnos animar, de confraternizar con otras mesas de la terraza, de gritar, del placer de dar vergüenza por la calle, de chocar botellines, de saberse la letra, de mear cuarenta veces, de evitar una pelea, de discutir de política internacional en la cola de los taxis…

Desgraciadamente, al sentarnos en el taxi se acabó lo que se daba, intentas aparentar normalidad, ocultar tu euforia, comportarte… Está claro porqué, ¿no? Es el ‘yo’ de los días laborables, que empieza a recuperar terreno.

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