Rebajas. Compras ‘convulsivas’

Dedicado a las dependientas mártires del sector textil

Han empezado las rebajas y se desatan la histeria y las compras ‘convulsivas’. Sí, ‘convulsivas’ porque hay quienes sufren auténticos brotes de epilepsia frente a los expositores de ropa. Los informativos, en un alarde de originalidad, vuelven a sacar la puerta de las grandes superficies abarrotadas de personas que muestran en su cara una mezcla de entusiasmo, ferocidad y una feliz predisposición a que las cámaras les enchufen y así demostrar al mundo que… bueno, no sé… salir en la tele es un fin en sí mismo.

El único motivo por el que se promocionan y celebran tanto estos estallidos de consumo es el enorme río de billetes que engrosa las cuentas de las multinacionales. Porque enserio, si bajamos a la realidad, no es algo bonito ni agradable. Las empresas bajan los precios, plagan los escaparates de porcentajes rojos y nosotros nos lanzamos a lomos de la euforia para conquistar gangas que acaban haciéndote gastar más que en el periodo habitual.

Rebajas Alicante

Foto: losminions, en Flickr.

Además, el ambiente es aterrador. La calefacción, nada más entrar, te obliga a quitarte la chaqueta, pero no es suficiente: el jersey y la camiseta, de repente, pesan veinte kilos más y te provocan una urticaria insidiosa por todo el cuerpo. Intentas aliviarte, pones entre tus piernas las bolsas, la chaqueta, la bufanda. El espacio vital es extremadamente pequeño. Agarras el bajo del jersey y cuando lo levantas para sacarlo por la cabeza, le endiñas un codazo a algún cliente que gruñe. Balbuceas un perdón sin visibilidad, con la cara atascada en el cuello de la prenda y una lorza humillante asomando bajo la camiseta porque, efectivamente, el jersey siempre arrastra a la camiseta. Cuando lo consigues, resoplas y te das cuenta de que otro cliente ha pisado tu bufanda y la ha arrastrado un par de metros de un pisotón. La recuperas y rezas para que el tío no haya chafado ninguna cagada de perro.

Una hora de dependienta textil equivale a siete horas humanas

La ropa está toda revuelta como si la propia marca la hubiera vomitado a mitad de digestión. Condenas íntimamente el glamour de los anuncios de las rebajas. La música ayuda a crear ambiente, un ambiente bélico, claro. Las dependientas corren y sudan. El maquillaje se les disgrega como si no lo hubieran retocado desde hace días. Una hora de dependienta de textil equivale a 7 horas humanas. Una de las chicas intenta alcanzar el almacén. Se la ve visualizar la puerta. Respira, medita. El camino está minado. Al final ve un hueco y se atreve. Camina con seguridad, esquivando obstáculos, pero sus buenas intenciones valen de poco. Cada medio metro la interceptan, nena, chica, oye, perdona, incluso los hay que chistan. Ella se intenta escabullir, pero la agarran del brazo, chica, nena, oye, y le preguntan por una talla, y cuando otra clienta ve la situación, salta también sobre ella, chica, oye, nena, ¿y esta blusa en azul no está? La trabajadora repite varias veces que no queda más que lo que se ve en tienda. Así lo dice “en tienda”, tiene tanta prisa que hasta elimina los artículos. Otro cliente, que lo ha oído perfectamente, pregunta, de nuevo, por una talla más. De esos hay muchos: el mundo de las compras está lleno de narcisistas insufribles que piensan que, para ellos, deben brotar las prendas por arte de magia en el almacén. Encima, el tío, quiere dejar constancia de su indignación: “Madre mía”, se queja, desdeñoso. La chica fantasea con responder: “Madre mía, qué, tarugo”, así, con toda la rabia que le provoca el agotamiento y la certeza de que su carrera universitaria sólo le ha servido para doblar trapitos que otros destrozarán impunemente. Pero qué va, no le dice nada de eso, al revés, le sonríe resignada mientras consigue escaparse hacia la puerta ofreciendo a quienes le cortan el paso esas sonrisas espasmódicas y protocolarias a las que obliga el contrato basura.

Las rebajas benefician, sobre todo, a esos individuos detestables que defienden su puesto en la cola con su propia vida y que a la mínima formulan unas quejas absurdas en las que empeñan una buena carga de sadismo. Estos hacen el agosto en enero. Se desfogan a placer en las tiendas porque nadie los aguanta nunca, pero las dependientas tienen el deber de hacerlo. Aunque, luego, probablemente, se reirán de ellos. Sin embargo, estos Quijotes de la oferta no se dan cuenta y salen de la tienda viéndose a sí mismos como héroes… Sólo los locos triunfan en el caos.

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