3 historias para un marqués con carro de la compra

Algunas apariciones callejeras motivan a la invención. Pasa un señor con un carro de la compra y su imagen es tan extraordinaria que necesito componerle un carácter, una personalidad, e imaginar su figura en escenas cotidianas que siempre, por acto de su presencia, se transforman en materia artística. Ropa de aristócrata y cuerpo de vagabundo.

De él sólo conozco sus trazas llamativas. Arrastra su carro de rombos blancos y azules, un carro depauperado y añoso; los de hoy muestran unos diseños de impronta más cibernética. Me explico: el aluminio ya no luce su gris siderúrgico sin tapujos, ahora el metal se remilga, sus aristas, su asa, son curvilíneas, y los estampados de las cestas, más primarios, como la carcasa de un iPhone.

Crónicas urbanas alicante

Foto: Manjar de Hormiga

Tiene la cara de un Arcadi Espada enflaquecido que, a fuerza pasar hambre, se hubiera quedado sólo en lo que es: un histérico con mucha experiencia a su espalda. También a este, al del carro, le agranda la cabeza una melena espesa -más voluminosa que el propio cráneo- y teñida de negro que contrasta con su cara vieja. Todo en su físico sugiere pobreza y polvo. Sin embargo, lleva una ropa señorial: una chaqueta negra, unos pantalones negros, una eterna bufanda oscura… Todas las prendas le vienen enormes, tanto que podría haberse metido dentro de ellas sin necesidad de rozarlas.

Su apariencia fascina por su incoherencia.

Lo imagino revisando los contenedores durante años en busca de su atuendo perfecto. Cuando encontraba una de las piezas, la guardaba en el carro, bien doblada. Lo imagino, una vez reunido el conjunto, vendiendo trastos viejos y reservando unas monedas para la tintorería. Recogió la ropa caliente y plastificada, se metió en un aseo público y salió otro, noble e indolente, sintiéndose Dios, mirando a los edificios de cornisa para arriba.

También me gusta inventarme una historia de fracaso. Ricachón en su juventud, lo acabó perdiendo todo, por ejemplo, por una ludopatía. O no, mejor: lo veo jugar al póker y revelarse contra una jugada aplastando la cabeza de su contrincante. Lo van a encerrar en la cárcel: deja sus objetos personales en una bandeja (no sé si será así también en España) y cambia su ropa de gala por el atuendo de presidiario. Años después sale de prisión, se enfunda su chaqueta de dandy y, con la mala mano de cartas aún clavada en el corazón, decide no quitársela nunca. Sería como elegir quedarse atrapado en el gesto o en la horma de su propia catástrofe personal. No sé si esto significaría arrepentimiento o una persistencia en la idea de aplastar aquel cráneo.

¿Y por qué no le inventamos una casa enorme, con piscina larga y mujer larga? Una vida deseable. Sin embargo, una tarde, el hombre se atavió con lo mejor que encontró en el armario y se dispuso suicidarse (el motivo no viene al caso), se encañonó la boca y, cuando fue a disparar, el gatillo se atascó. Intentó arreglarlo; resultó imposible. En ese exacto momento, eligió dejarlo todo, sin avisar, y se lanzó a vagar por las calles, hasta hoy, con la mortaja puesta.

El hombre ha pasado. La calle Isla de Cuba lo devora. A él y a su historia, sea la que sea.

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