Una cara que fue la viva imagen de la violencia

Existen los rostros de la violencia, esos con los que nunca querríamos cruzarnos. Aparecen de improviso y, sin necesidad de que se pronuncien, nos clavan en la sangre una inyección de alerta. Encienden nuestro instinto de huida o de parálisis. Nos erizamos como gatos. Sus facciones muestran las huellas indudables de la agresividad prolongada durante años. El asco, el desprecio, la tiña bajo la lengua y la rabia han ido hollando la piel y desestructurando sus huesos. Se les intuye las palizas que dieron y, peor aún, las que recibieron sin perder su risa de hiena. Sabrás de qué rostros hablo porque si actúan contra ti, si te hablan tan solo, comprobarás que la indefensión es una irritación de los órganos más débiles, de las cuerdas vocales o el esfínter.

Calle Ancha de Castelar, no recuerdo bien a qué altura. Fue cerca de un semáforo. El autobús en el que viajaba se detuvo un par de minutos y me permitió asistir a una escena brutal. Los protagonistas permanecían en la acera. Hubo gritos, pero me llegaron ahogados por el bloqueo de la ventanilla y la música del conductor. Ese silencio dejó la violencia en su pura carnalidad. La trifulca se dirimía entre dos hombres y una chica veinteañera. Cualquiera pensaría lo típico, un lío de machos cabríos porque uno de ellos usa de excusa el honor de su novia y acusa al otro de mirarla o cualquier otra cosa para enzarzarse en una bulla de coces y cabezazos.  Sin embargo, la joven no era la víctima, era el diablo.

Delincuencia Alicante

Foto: pixabay.com

Empezó así. La pareja se bebía un par de latas verdes de cerveza merodeando cerca de una señal de tráfico. El tercero en discordia cruzó con la cabeza hundida en el cuello del abrigo. En su mundo. La chica se quedó mirándolo, de espaldas, y le gritó. Él se dio la vuelta, despistado. Ella se aproximó y el novio la siguió. “Chaval, chavalico”, conseguí leer en sus labios. Nada en la postura de la víctima sugería que se esperaba la que se le venía encima. La chica, sin mediar explicación, le metió la mano en el bolsillo del abrigo y lo registró; él protestó y le agarró de la muñeca para zafarse. Lo hizo más contrariado que violento. Como un resorte, como si sus huesos funcionaran con la contundencia de un cepo para ratones, la joven le descargó un bofetón que le torció la cabeza.

Era domingo, plena tarde, había poca gente en el autobús y menos todavía por la calle. En los altavoces sonaba la canción de Conchita, Nada que perder. Una melodía dulcísima, una letra llena de sensibilidad, dependencia y fragilidad. Tres cualidades que son también tres prejuicios sobre la mujer. Y como siempre nos asusta lo desconocido, o lo que nos empeñamos en desconocer, el “no te logré olvidar, ni lo intenté quizás” añadió un plus de terror al guantazo y a lo que vino después.

Tras el golpe, el chico se giró y se dispuso a defenderse. Ella volvió a empujarle y adoptó una postura corporal de batalla. Se despatarró y encasquilló los hombros y adelantó el hueso de la barbilla: “Ven, veeen”, dijo, ensañándose con las vocales. Fue ahí cuando la víctima se achantó, porque vio brotar la psicosis en su cara. El novio intentó interponerse y controlar a su compañera. Los ojos de ella se revelaron rojísimos y crispados de venas -de repente percibí el azul casi blanco del iris-, y dibujó una sonrisa sádica y afilada, plagada de colmillos, una risa de fiera, de disfrute. Colgaban oros de su ceja y de su labio superior. Brillaba, además de todo brillaba. El atacado caminó hacia atrás, transportado por la perplejidad. Ella quedó interceptada, pero trató de seguir avanzando hacia su presa. Casi arrastraba a su acompañante. Al final, asumiendo que aquél se escapaba, adelantó el pecho y lanzó un escupitajo largo y certero. Después, sin variar un ápice su expresión de placer, elevó la lata de cerveza y dio un trago largo, a chorro.

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