Todo bar tiene su Bertín Osborne

Ahora se repantinga en una de las sillas de la terraza y me habla, pero una semana más tarde me saludará por la calle y me preguntaré de qué lo conozco. No habré olvidado su cara adormecida por el alcohol ni su manía de cantar como Bertín Osborne, simplemente seré incapaz de reconocerlo.

“Ese es un tío de verdad, ¿o no, chaval?”. Cubre su cabeza con una gorra color caqui, chafada y sin esqueleto que conserva un lejano aire militar. La ajusta a su cráneo, pero da la impresión de que si cayera al suelo, quedaría fofa como un trapo. Esa misma flacidez se contagia al resto de su cuerpo. Pienso: tal vez si la silla no lo sostuviera, se arrugaría hasta desaparecer (los periodistas decimos tonterías así cuando nos emborrachamos).

Sumará ya unos 50 años. Nosotros somos tres jóvenes de 26. No obstante, yo soy el intruso, el único al que este Bertín de extrarradio no conoce. Mis dos compañeros son parroquianos habituales como él.

"Los hay que comparten la noche como si fuera un pan para los pobres"

“Los hay que comparten la noche como si fuera un pan para los pobres”

Oigo cómo lo azuzan para que cuente historias de viejas parrandas: “Cuenta la de la orgia de El Barrio, va”. Él da un trago a su cerveza. Enseña un dedo tieso que se machacó en no sé qué trabajo y que, ahora, al levantar el botellín, le aporta un talante plácido. “Pues eso fue, chavales…”. Celebramos que se decida a relatar el episodio. Bebemos.

No me entero de nada. Habla de hace más de 20 años, capto algo de unas extranjeras, rubias, francesas o inglesas o las dos cosas que perdieron el juicio tras el cierre de puertas de un pub del centro de Alicante. Se comunica, sobre todo, con interjecciones. Es difícil desgranar sus palabras: una risilla continua duerme al fondo de su garganta y pone a temblar su cara y su voz. No consigue expresarse con claridad y en cualquier momento podría estallar en carcajadas, aunque nunca estalla.

Varios cascos vacíos esparcidos por la mesa. Vamos a pedir otra ronda. El hombre dice que aún no ha terminado la suya y declina la oferta, pero uno de mis colegas se acerca a él con un gesto paternal, posa la mano sobre el vidrio y comprueba la temperatura: “Te pido otra, deja esta que se te ha calentado”, me mira y aclara: “Es que siempre se le calientan”… Percibo una gran solidaridad en esa escena tonta, una predisposición a compartir la noche como si fuera un pan para los pobres.

barrios
Al destapar la nueva remesa de quintos, reaparece el tema de la música. Le decimos que ha cantado muy poco. Relucen anécdotas: “Cuando enchufan el karaoke en el bar, se agencia el micrófono y no lo para nadie”. “A ver, ¿y a parte de Bertín Osborne qué te gusta?”, pregunto. “Sí, me gustan muchos, ¿eh? El Julito, el Julito Iglesias es muy bueno también… Pero de hombre no hay ninguno como el Bertín, como él ya no quedan”. Le animamos para que cante y él, en vez de lanzarse, se hace de rogar, muy contento, en su salsa, y va mencionando los títulos de canciones que se le van ocurriendo. Presume de memoria. De pronto, cuando parece que desistimos, da un respingo en la silla, se incorpora y canta. En realidad, más que cantar, recita con pasión. Su voz es dura y no aguanta muchas melodías. Uno de mis compañeros se tuerce de la risa. Me ofende la posibilidad de usen al señor como objeto de burla. Luego me doy cuenta: cuando esta noche termine, yo no volveré a verlo, en cambio ellos seguirán acercándose a él y acompañándolo.

Después de un concierto muy breve, recupera su pose decaída. Quizás por eso cuando una semana después me cruce con un hombre erguido, con paso relajado, con voz clara y desafiante, me será imposible reconocerlo. “Qué pasa, chaval”, me dirá. Yo me detendré y me giraré. Sólo caeré en la cuenta cuando me fije en la gorra, un poco más marcial a la luz de las once la mañana. Me alegraré al recordarlo y pensaré que si entonces, con ese caminar canalla, se arrancara por Bertín Osborne, nos dejaría alucinando.

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